25 de Febrero, 2009, 2:56: FX MáximoF1 Portal Sur

Las aventuras de Tom Sawyer

Autor:  Mark Twain  publicada en 1876.

 

Relata las aventuras de infancia de un niño que crece en el sur de los Estados Unidos, en una población de la costa del río Misisipi.

 

Tom, el protagonista, es un muchacho aventurero; travieso, pero a la vez muy astuto, que soñaba con ser un pirata, es una historia común pero narrada de una forma diferente, el autor trata de mantener la atención del lector, lo logra durante el transcurso de la obra literaria porque busca que el lector no solo se entretenga; sino que además, se distraiga y se divierta por lo que presenta imágenes de los hechos narrados en la historia a modo de tira cómica, presenta los cambios emocionales que puede sufrir un joven como en el caso de Tom Sawyer, incluso como luego de tener problemas en su casa con su tía por los daños causados a una valla gracias a una pelea suya, termina cumpliendo con su tarea, se aprovecha de la ingenuidad de sus amigos y de su hermano Jim, y adapta la situación según su conveniencia ellos cumplen por él su tarea y él les da a ellos lo prometido, incluso haciendo lo que para ellos no era un trabajo sino una diversión.

 

Otros personajes:

Ben Rogers, chico burlón

Huckleberry Finn, hijo del borracho de la ciudad

El indio Joe, indio de carácter vengativo, mata al Dr. Robinson

Dr. Robinson, médico residente en el pueblo,

Muff Potter, hombre que ayudaba al Dr. Robinson

Tía Polly, mujer de alma sencilla.


Por: FX Máximo

25 de Febrero, 2009, 2:48: Gladysminirelatos


En la puerta había una gorra negra. La abuela la usaba para salir de la habitación, incluso si su viaje se limitaba a ir al baño. Cuando murió, en mi egoísmo de nieto preferido, me la quedé, la puse en mi puerta, pensando que tal vez esa gorra hiciera el milagro de que mis nietos me quisieran con la misma intensidad que yo la quise. Que equivocado, a los nietos les gusta que los abuelos les cuenten historias y yo ya no tengo palabras, ni dulces ni suaves, apenas pedruscos de realidad salen de mi boca. Y no tengo nietos.

Por: Gladys

25 de Febrero, 2009, 2:42: SelváticaAlaprima

Velo negro sobre los ojos

por entre las rendijas la vida se hace y deshace

cajones llenos de personas,

en el mueble universal

no pretendas sacarlas de allí,

ellas se retorcerán, gritaran

exigirán su derecho al anonimato.

¿Qué pretendes atrapándolas?

¿Donde las pondrás?

Si el único lugar donde se hallan más cómodas

es en lo más íntimo de tu ser.

Por: Selvática

 

 

 

 

 

25 de Febrero, 2009, 2:29: GladysGeneral
Pozos de cafe.Malaga.(España)

Abigail toma un sorbo de café sentada frente a la ventana que le dibuja un paisaje de postal turística: unos sauces bien cuidados con sus ramas como dedos de gigante acariciando el empedrado del jardín arrullados por el viento, a la derecha un parterre con flores de mundo… nunca le gustaron esas flores gordas que tienen una vejez muy deprimente, en contraste con el verde del césped – allí debe oler a tierra húmeda, piensa – en cambio aquí huele a desinfectante. Otro sorbo al café y su pensamiento salta a la época en que se podía fumar en las salas de espera – mi trono por un cigarro – rememora la frase celebre de sus lecturas lejanas para espantar una certeza que le viene repiqueteando en el cerebro y a la que se niega a dar paso.

Unos susurros al otro lado de la puerta inaccesible. Se toma el resto de café en un gran buche y se acerca muy despacito, pega su oreja a la puerta.

- Hay que tomar una decisión hoy mismo – escucha Abigail –

- Yo soy de la opinión que le deberíamos dejar unos días más a ver si reacciona – responde otra voz un poco más grave que la anterior.

- No, el paciente no da muestras de querer volver. En cuanto a nuestra labor, creo que está concluida, el paciente no tiene ningún síntoma físico.

- ¿Y si lo remitimos a un psiquiátrico?

- Tampoco tiene signos de esquizofrenia, más bien yo diría que está muy cómodo en esa situación de “duerme vela” un caso que no podemos soportar más tiempo, hay muchos pacientes esperando esa cama, pacientes que tienen dolencias reales.

- Pero debemos averiguar qué le pasa.

- No somos un hospital investigativo, no tenemos un Dr. House en plantilla y nuestro deber es salvar a quien tiene ganas de ser salvado.

Abigail se retira, no desea escuchar nada más. Seguro que hablan de Javier y la certeza por fin se impone a su cerebro.

No quiere curarse – se dice a sí misma - . Su amor no desea vivir… ni siquiera por ella. Otra verdad absoluta que se escurre entre los dedos. El amor no lo puede todo. Duele decirlo, sobre todo cuando uno es el que ama. ¿Qué hago? ¿Debería quedarme?  La imagen de su madre se sentó frente a ella. El rostro pálido de la madre muerta puso en su cerebro las palabras que ella ya sabía pero que se negaba a escuchar.  Finalmente sonrió, YO NO ESTOY MUERTA  le dijo a la madre mirando los dibujos en el vaso de su café, luego lo tiró en la papelera y salió del hospital.

 

Al cabo de tres días los médicos resolvieron dar de alta a Javier, había dejado de manotear y su rostro reflejaba cierta calma, incluso sus mejillas se teñían de un vital tono rosa, pero se negaba a hablar. Esa misma tarde salió por su propio pie del hospital y al regresar a su casa se encontró lo que temía y que en el fondo era lo lógico: Su mujer y su hijo se habían marchado. Una mujer total ama a un hombre total y él no lo era.

Por: Gladys


13 de Febrero, 2009, 17:24: GladysHablando de...



Título:El Lector
Protagonistas: Kate Winslet -David Cross

El director de Billy Elliot prosigue la línea de historias traumáticas y deprimentes marcada por su anterior film Las horas. Stephen Daldry repite colaboración con el guionista David Hare en la adaptación  de la novela del alemán Bernhard Schlink para remover las heridas no cicatrizadas del traumático pasado nazi de su patria.
Un pasado negro en la historia de la humanidad, del cual nos sentimos culpables todos los seres humanos, porque la indiferencia es el comportamiento humano más universal. Fingimos no ver lo que pasa a nuestro alrededor, miramos para otro lado en cada masacre (Palestina por hablar de lo más reciente), no nos atrevemos a parar el mundo y bien que podriamos hacerlo si quisiéramos. Todo esto rezuma la maravillosa película en cada una de sus escenas, en la destreza y talento de sus protagonistas, en los escenarios, incluso los extras tienen esa dimension humana que los convierte, por qué no, en piezas fundamentales de este circo que llamamos mundo.
Pero no crean que es sólo una bofetada de hora y poco más de duración, también hay escenas hermosas, pasajes de libros maravillosos que nos hacen reflexionar en la dualidad de la naturaleza humana: Grandes obras, grandes masacres.

Por: Gladys
13 de Febrero, 2009, 17:17: Charo GonzálezHablando de...



"Piedras de edades antiguas, ilumiadas por modernos focos nos observan pacientemente esperando, esperando…"

 

"Si se empieza con condiciones, se sigue con reglas y se termina con discusiones."

 

"Miro tus manos para asegurarme que permanecen fuera de los bolsillos acariciando el aire antes de que éste lo haga."

 

"Entregó lo que le dieron para volver en ciernes de nuevos tiempos, vacío de pasado y de futuro, repleto de presente."

 

"Cruzó el parque de puntillas, tenía tanto miedo de despertar a las flores…"

 

"Más de lo que tienes, más de lo que esperas, las miradas dan mucho más"


Por: Charo González


13 de Febrero, 2009, 17:02: GabrielaF1 Portal Sur



Título: La señora Dalloway

Autor: Virginia Wolf

 

La primera vez que leí La señora Dalloway tenía algo menos de veinte años y no pude hacerme una idea precisa de su carácter, aunque me gustaba el ambiente, los cuadros que podía captar dentro de la narración… una cortina temblando por el viento, una hoja seca moviéndose por el patio como si tuviera vida propia,  pero tal vez por eso mismo me perdía entre los detalles y no podía encerrar dentro de mi cerebro la vida en ese interminable día de la vida de Clarissa Dalloway.

 

Lo volví a leer unos años más tarde, y desde esa segunda lectura lo tengo en el grupo de libros a los cuales recurro cuando la vida me agobia demasiado, como si fueran un amuleto contra lo malo que me pueda pasar, esos libros que son como los buenos amigos que basta una palabra suya para volver a tener ganas de vivir.

La historia transcurre durante todo un día perfectamente estructurado, donde el Big Ben va dando hora tras hora sus campanadas situándonos en cada momento de la historia, acompañamos la Señora Clarissa Dalloway que, en homenaje a sí misma, decide dar una fiesta.


Rencorosa con la vida y las actitudes del círculo de personas del que se ha rodeado, Clarissa va haciendo una reflexión sobre la importancia que para ella tienen y han tenido las personas que acudirán a su fiesta. Prestándoles su voz a ratos y ayudándola a definirse, su hija, su marido, sus antiguas amigas, el hombre a quien rechazó para casarse con otro mejor situado, son los fantasmas de su pasado recuperados en carne y hueso para celebrar.
Clarissa desea celebrar la vida, pero en sus preparativos duda de su felicidad; descubre el tedio, la soledad, el fingimiento, el esnobismo, el hermetismo de las clases sociales y todas aquellas puertas que como mujer no ha podido abrir, las elecciones mal tomadas.

Para darle forma a la reflexión que va haciendo sobre su amorfa vida, reaparece Peter Walsh, el hombre que años atrás pudo haberle dado una alternativa y, en busca de su pasado, Clarissa trata de saber cuáles habrían sido las diferencias entre haber tomado un camino y el otro.

Clarissa Dalloway funciona como un espejo de dos sentidos la imagen que ella tiene de sus amigos y sus amigos tal y como son.


Por: Gabriela




13 de Febrero, 2009, 16:39: GladysGeneral


La cabeza de Lucho se ladeó peligrosamente sobre el hombro izquierdo produciéndole un agudo dolor que recorrió en un segundo desde su oreja hasta el omoplato obligándole a espabilarse de una buena vez de ese duerme vela tan agradable Ahí seguían el cachaco y Francisco con los ojos enganchados al tapete verde. Un rayo de luz plagado de corpúsculos revoloteantes le obligó a desviar la mirada hacía la ventana del local. Los cristales estaban sucios – habría que echarles una buena repasada un día de estos – y entre el polvo acumulado y el contraluz del débil sol mañanero un rostro apergaminado lo contemplaba con sus facciones aplastadas contra el cristal; era el rostro más viejo que su memoria recordara, las arrugas se adherían como si un ser de extraordinaria fuerza las hubiese lanzado contra la ventana, los ojos achinados semejaban dos ciruelas pasas, la nariz era solamente dos agujeros negros y peludos, por último,  dos colmillos amarillentos acotando una encia rosada babeando sobrecogieron su ánimo, a pesar de estar curado de espantos por años de miserias contempladas a lo largo de su vida. Por un momento se dejó llevar por el pánico. La parca lo contemplaba desde la ventana, pero un segundo más tarde reconoció a la abuela Socorro. Ágilmente saltó de la silla y en dos zancadas cruzó la puerta saludando con un gran abrazo a Socorro.

- Vengo a traerle el desayuno mijo.

- Qué susto me ha dado usted abuela. Al principio no la reconocí. Otras veces avisa desde lejos con sus cantares.

- Es verdad mijo. Pero hoy no me acordé de ninguna canción… y eso es cosa mala – dijo Socorro – mientras disponía sobre el mostrador un termo con chocolate caliente, algunos panes y una vieja cacerola con huevos fritos que purificaron el ambiente cargado del local.

- No hay como un buen chocolate y unos huevos fritos para espantar los males del cuerpo y del alma verdad mi viejita – dijo Lucho frotándose las manos.

- A veces no basta mijo, pero no quiero ser malagüerista. Coma, coma que el hambre no es buena consejera.

- Eh amigos – gritó Francisco a los jugadores – ¿No desayunan? Paren un momento y coman.

Los dos hombres se miraron. Francisco creyó que los ojos de Jaavier se habían convertido en canicas de cristal y no se atrevió a decir nada, pero el olor de los huevos fritos se le metió en el cuerpo aflojándole las piernas. Jaavier no supo que hacer, dejó que el cuerpo de su contendiente rodara debajo de la mesa, sin decir una palabra colocó suavemente el palo sobre el tapete verde. Pasó la mano sobre sus cabellos y salió sin decir palabra.

Socorro lo miró alejarse, luego se volvió lentamente hacía Lucho y le dijo: -  ese salió a buscar su alma –

Lucho la miró sin entender nada, iba a engullir un bocado de pan cuando se acordó de Francisco tirado debajo de la mesa de billar.

 

 

“En la sala de un hospital”… como en la canción de Willy Colón, Abigail camina de lado a lado mientras se restriega las manos; de pronto se detiene, mira la puerta blanca que la separa de su enamorado, espera un poco y continua su paseo por la estancia. Ya ni recuerda cuantas horas lleva así, los médicos salen, la saludan, le sonríen y le dicen que espere, espere, espere… ¿hasta cuándo?

El olor dulce del café le da ánimos, siente que su aroma le penetra en el cuerpo y revive sus células, con una taza de café caliente podemos resistir lo que la vida nos eche encima. Decide dejar un momento la vigilancia ante la puerta y se marcha a la cafetería.

Cinco minutos transcurrieron entre el hecho de que su imagen fuera devorada por el ascensor hasta cuando dos médicos abrieron  la puerta y la buscaron. Al principio tímidos, sin hablar recorrieron los mismos metros que Abigail recorrió - nadie – llamaron luego a la enfermera que “no recuerda haber visto a nadie en la sala de espera”. Los médicos dan media vuelta y la puerta se cierra de nuevo casi al tiempo que el ascensor devuelve a Abigail con una taza de café humeante en la mano.

Por: Gladys


1 de Febrero, 2009, 13:51: Charo GonzálezHablando de...







"Traeré el color de tu palabra para llenar mi lienzo de sonidos."

 

"Roto el plato... ¿para qué poner la lavadora?"

 

"Olvidamos demasiado a menudo que esto sigue siendo sólo un escenario."

 

Entre que lo que me han enseñado no tiene que ver con el pasado de mis antepasados y que mis pies pueden ir solos,

me pregunto si todavía sigo en este planeta.

 

"Si levanto la mirada es por dejar tranquilos mis pasos, por saber que no necesitan ya ser vigilados."

 

"Fuentes de caños oxidados, plazas de adoquines gastados, casas de paredes arrugadas los cobijos de nuestro pasado vivido por otros, recuerdos que no pertenecen al presente que me han enseñado."

 

"Tenía tanta prisa por abrir la ventana que olvidó subir la persiana."


Por: Charo González

1 de Febrero, 2009, 13:38: Luis AguileraF1 Portal Sur



Novela: El Túnel

Autor: Ernesto Sábato

Presentación: Luis Aguilera

 

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”.

Este es el comienzo de “El Túnel”, la corta e intensa novela que le dio al autor argentino Ernesto Sábato un puesto relevante dentro de la literatura en castellano y un poco más allá de esta frontera. Albert Camus, por ejemplo, la refrendó ante la crítica mundial.

Puede ser apropiada -dentro de su ficción-, la afirmación que de entrada hace el personaje: “…no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”. Lleva al lector a  suponer que su crimen tuvo una gran repercusión en los medios y, en consecuencia, que fue noticiosa y socialmente conocido. Digamos que fue uno de esos crímenes donde el cotilleo es un manjar que se disfruta destazando los detalles y plato que se picotea con paladar de carroñero. Ahora bien, como persona necesitaría muchas y mayores explicaciones. La complejidad psíquica de Castel, es hija legítima de su autor. Con pruebas fehacientes, Sábato transmite en ésta y en las obras que le he leído, un pesimismo irredento y el acoso de la maldad humana. “El Informe sobre ciegos”, inserto en su libro Sobre Héroes y Tumbas, puede muy bien corroborarlo. Para colmo -y aunque se refiera a hechos posteriores-, hay que recordar que Sábato dirigió la investigación civil sobre los horrores y crímenes de las dictaduras argentinas en la década de los 70, atrocidades reunidas -como lo saben los lectores de esta nota-, en un documento titulado “Nunca Más”. Como si fuera poco, esta visión no cesa de estar alimentada por las acciones del lobo que llamara Hobss, como la reciente destrucción a sangre y fuego de la población inerme de Gaza.  Inobjetable.

La mente de Juan Pablo Castel, artista, está definida inmediatamente, sin salirnos de la primera página: “El presente –dice- me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza”. Perseguido por sus obsesiones y sus antipatías, lo peor que podía sucederle a este personaje era enamorarse. Si las relaciones con el prójimo le resultaban conflictivas, las del amor terminaron siendo insoportables. A él que lo irritaba la vanidad, la soberbia, las jergas de grupo, la falsedad de lo formal, María con sus ocultaciones, frases a medias, actitudes para la sospecha y no suficientemente explicadas, vino a potenciarle todo esto hasta el desquiciamiento. A darle una vuelta de tuerca a su ya de por sí tortuosa y torturada mente.

 Pero el Juan Pablo Castel de papel no es un personaje simplemente neurótico, raro o único. En el trasfondo estamos todos un poco reflejados en su espejo. En la realidad, los seres humanos somos más proclives a retorcer los hechos que a depurarlos. No somos capaces de la línea recta sino de los atajos, la suspicacia, la imaginación perversa, el camino difícil. Por eso el amor se nos convierte con demasiada frecuencia en una tormentosa relación metiendo entre paréntesis algunos instantes de fugaz felicidad. Sí, una mirada que destila dulzura, el gozo de una intimidad que termina pronto, algún momento de contemplación y arrobamiento, quizá un  sentimiento compartido que nos comunica subterráneamente como les sucedía a estos personajes cuando, sentados frente al puerto, veían partir un barco. Pero entre uno y otro de esos instantes, aparecen los fantasmas del pasado, el acoso por obtener una garantía sin zonas grises de sus sentimientos (de verdadero amor), la necesidad de someter a nuestro objeto amado a los más duros interrogatorios, cada quien con su más personal estilo policial. Vaya como ejemplo uno de los muchos e implacables interrogatorios a los que Juan Pablo Castel somete a su amada, si así se puede llamar:

 “María, tal como yo lo esperaba, tardó en responder. Seguramente, estuvo pensando las palabras. Al fin dijo:

- He dicho que me acuesto con él, no que lo desee.

-¡Ah! –exclamé triunfalmente-. ¡Eso quiere decir que lo hacés sin desearlo pero haciéndole creer que lo deseás!

María quedó demudada. ..”

En el momento en que fue escrito El Túnel la “violencia de género” ni siquiera estaba planteada como problema y no por inexistente sino por la callada comprensión y complicidad que desde tiempos inmemoriales tuvo y sigue teniendo el hombre cuando ejerce sobre la mujer la violencia psicológica, física y hasta mortal. Desde este punto de vista Juan Pablo Castel sigue estando entre nosotros y se ha salido miles de veces de su libro para hacerse realidad:

“Entonces llorando le clavé el cuchillo en el pecho. Ella apretó las mandíbulas y cerró los ojos y cuando yo saqué el cuchillo chorreante de sangre, los abrió con esfuerzo y me miró con una mirada dolorosa y humilde. Un súbito furor fortaleció mi alma…”

Lo podríamos haber leído ayer y no sería raro leerlo en el diario de mañana. En resumen, Sábato, con los ojos y la voz de Castel, lo único que ha hecho es echar una mirada adentro, en esa olla podrida de la cada vez más incomprensible naturaleza humana.

 

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