Novela: El Túnel

Autor: Ernesto Sábato

Presentación: Luis Aguilera

 

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”.

Este es el comienzo de “El Túnel”, la corta e intensa novela que le dio al autor argentino Ernesto Sábato un puesto relevante dentro de la literatura en castellano y un poco más allá de esta frontera. Albert Camus, por ejemplo, la refrendó ante la crítica mundial.

Puede ser apropiada -dentro de su ficción-, la afirmación que de entrada hace el personaje: “…no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”. Lleva al lector a  suponer que su crimen tuvo una gran repercusión en los medios y, en consecuencia, que fue noticiosa y socialmente conocido. Digamos que fue uno de esos crímenes donde el cotilleo es un manjar que se disfruta destazando los detalles y plato que se picotea con paladar de carroñero. Ahora bien, como persona necesitaría muchas y mayores explicaciones. La complejidad psíquica de Castel, es hija legítima de su autor. Con pruebas fehacientes, Sábato transmite en ésta y en las obras que le he leído, un pesimismo irredento y el acoso de la maldad humana. “El Informe sobre ciegos”, inserto en su libro Sobre Héroes y Tumbas, puede muy bien corroborarlo. Para colmo -y aunque se refiera a hechos posteriores-, hay que recordar que Sábato dirigió la investigación civil sobre los horrores y crímenes de las dictaduras argentinas en la década de los 70, atrocidades reunidas -como lo saben los lectores de esta nota-, en un documento titulado “Nunca Más”. Como si fuera poco, esta visión no cesa de estar alimentada por las acciones del lobo que llamara Hobss, como la reciente destrucción a sangre y fuego de la población inerme de Gaza.  Inobjetable.

La mente de Juan Pablo Castel, artista, está definida inmediatamente, sin salirnos de la primera página: “El presente –dice- me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza”. Perseguido por sus obsesiones y sus antipatías, lo peor que podía sucederle a este personaje era enamorarse. Si las relaciones con el prójimo le resultaban conflictivas, las del amor terminaron siendo insoportables. A él que lo irritaba la vanidad, la soberbia, las jergas de grupo, la falsedad de lo formal, María con sus ocultaciones, frases a medias, actitudes para la sospecha y no suficientemente explicadas, vino a potenciarle todo esto hasta el desquiciamiento. A darle una vuelta de tuerca a su ya de por sí tortuosa y torturada mente.

 Pero el Juan Pablo Castel de papel no es un personaje simplemente neurótico, raro o único. En el trasfondo estamos todos un poco reflejados en su espejo. En la realidad, los seres humanos somos más proclives a retorcer los hechos que a depurarlos. No somos capaces de la línea recta sino de los atajos, la suspicacia, la imaginación perversa, el camino difícil. Por eso el amor se nos convierte con demasiada frecuencia en una tormentosa relación metiendo entre paréntesis algunos instantes de fugaz felicidad. Sí, una mirada que destila dulzura, el gozo de una intimidad que termina pronto, algún momento de contemplación y arrobamiento, quizá un  sentimiento compartido que nos comunica subterráneamente como les sucedía a estos personajes cuando, sentados frente al puerto, veían partir un barco. Pero entre uno y otro de esos instantes, aparecen los fantasmas del pasado, el acoso por obtener una garantía sin zonas grises de sus sentimientos (de verdadero amor), la necesidad de someter a nuestro objeto amado a los más duros interrogatorios, cada quien con su más personal estilo policial. Vaya como ejemplo uno de los muchos e implacables interrogatorios a los que Juan Pablo Castel somete a su amada, si así se puede llamar:

 “María, tal como yo lo esperaba, tardó en responder. Seguramente, estuvo pensando las palabras. Al fin dijo:

- He dicho que me acuesto con él, no que lo desee.

-¡Ah! –exclamé triunfalmente-. ¡Eso quiere decir que lo hacés sin desearlo pero haciéndole creer que lo deseás!

María quedó demudada. ..”

En el momento en que fue escrito El Túnel la “violencia de género” ni siquiera estaba planteada como problema y no por inexistente sino por la callada comprensión y complicidad que desde tiempos inmemoriales tuvo y sigue teniendo el hombre cuando ejerce sobre la mujer la violencia psicológica, física y hasta mortal. Desde este punto de vista Juan Pablo Castel sigue estando entre nosotros y se ha salido miles de veces de su libro para hacerse realidad:

“Entonces llorando le clavé el cuchillo en el pecho. Ella apretó las mandíbulas y cerró los ojos y cuando yo saqué el cuchillo chorreante de sangre, los abrió con esfuerzo y me miró con una mirada dolorosa y humilde. Un súbito furor fortaleció mi alma…”

Lo podríamos haber leído ayer y no sería raro leerlo en el diario de mañana. En resumen, Sábato, con los ojos y la voz de Castel, lo único que ha hecho es echar una mirada adentro, en esa olla podrida de la cada vez más incomprensible naturaleza humana.