Poco a poco los parroquianos empezaron a irse ya por cansancio, o porque sus respectivas mujeres vinieron a buscarlos, “qué ya estaba bien, que una noche de juerga es necesaria para regocijo del alma y del cuerpo, pero hay que trabajar y muchas bocas que alimentar”. A regañadientes empezaron a desfilar despidiéndose refunfuñando porque nadie quería perderse la caída de Jaavier, el cachaco paliducho, frente a Francisco, su vecino de toda la vida. Quien si se quedó fue el dueño del bar, por obligación y porque no tenía mujer, ni cama caliente en el segundo piso de su local.  Con su delantal desteñido por el uso, Lucho, terminó de arreglar mesas, recoger y fregar vasos, abriendo las ventanas para que la luz del sol despejara el olor humano que se palpaba en el interior de la taberna, luego, sin arrimarse mucho a los jugadores, miró por encima del hombro y vio el rostro de Francisco abotargado por el cansancio, en su frente las venas parecían a punto de estallar, pero su pulso seguía siendo el mismo desde hace veinte años, cuando empezó a jugar al billar, en cambio el cachaco parecía recién levantado después de una noche reparadora, ni una gota de sudor, ni una arruga en su ropa, ni una vena en esa cara demasiado blanca, casi cadavérica – pensó Luis – Luego, sobándose los brazos para entrar en calor, tomó una silla y la recostó contra el mostrador y desde allí los observaba, pero era tan aburrido y monótono verlos jugar que empezó a dar cabezaditas, soñaba que era feliz, aunque no recordaba exactamente qué había soñado, solo, al despabilarse, sentía una agradable sensación de felicidad que le alegraba el alma y volvía a cerrar los ojos para continuar ese duermevela que tan bien le sentaba.

 

A muchos kilómetros de allí también amanecía, pero los sueños de Abigail no eran tan placenteros como los del tabernero Luis, se despertó porque la piel de Javier le quemó el costado. Tiene fiebre – pensó – rápidamente le palpó la frente y vio las venas a punto de estallar, de sus labios resecos manaban hilillos de sangre, los ojos por debajo de los párpados giraban a velocidad asombrosa y las manos dibujaban extrañas figuras en el aire, como si jugara al billar,  deporte que nunca le vio practicar.

Abigail paralizada no acertaba a moverse, parecía que una cortina de hierro hubiera caído sobre su cerebro impidiéndole cualquier gesto humano. Así estuvo unos segundos, lentamente fue recobrándose, se apartó un poco del cuerpo de su marido, levantó las mantas y notó que el sudor empapaba el cuerpo de su Javier. Se puso la bata y fue en busca del termómetro, pero cuando lo tuvo en la mano  decidió que era mejor ganar tiempo llamando al médico.

Por: Gladys