La cabeza de Lucho se ladeó peligrosamente sobre el hombro izquierdo produciéndole un agudo dolor que recorrió en un segundo desde su oreja hasta el omoplato obligándole a espabilarse de una buena vez de ese duerme vela tan agradable Ahí seguían el cachaco y Francisco con los ojos enganchados al tapete verde. Un rayo de luz plagado de corpúsculos revoloteantes le obligó a desviar la mirada hacía la ventana del local. Los cristales estaban sucios – habría que echarles una buena repasada un día de estos – y entre el polvo acumulado y el contraluz del débil sol mañanero un rostro apergaminado lo contemplaba con sus facciones aplastadas contra el cristal; era el rostro más viejo que su memoria recordara, las arrugas se adherían como si un ser de extraordinaria fuerza las hubiese lanzado contra la ventana, los ojos achinados semejaban dos ciruelas pasas, la nariz era solamente dos agujeros negros y peludos, por último,  dos colmillos amarillentos acotando una encia rosada babeando sobrecogieron su ánimo, a pesar de estar curado de espantos por años de miserias contempladas a lo largo de su vida. Por un momento se dejó llevar por el pánico. La parca lo contemplaba desde la ventana, pero un segundo más tarde reconoció a la abuela Socorro. Ágilmente saltó de la silla y en dos zancadas cruzó la puerta saludando con un gran abrazo a Socorro.

- Vengo a traerle el desayuno mijo.

- Qué susto me ha dado usted abuela. Al principio no la reconocí. Otras veces avisa desde lejos con sus cantares.

- Es verdad mijo. Pero hoy no me acordé de ninguna canción… y eso es cosa mala – dijo Socorro – mientras disponía sobre el mostrador un termo con chocolate caliente, algunos panes y una vieja cacerola con huevos fritos que purificaron el ambiente cargado del local.

- No hay como un buen chocolate y unos huevos fritos para espantar los males del cuerpo y del alma verdad mi viejita – dijo Lucho frotándose las manos.

- A veces no basta mijo, pero no quiero ser malagüerista. Coma, coma que el hambre no es buena consejera.

- Eh amigos – gritó Francisco a los jugadores – ¿No desayunan? Paren un momento y coman.

Los dos hombres se miraron. Francisco creyó que los ojos de Jaavier se habían convertido en canicas de cristal y no se atrevió a decir nada, pero el olor de los huevos fritos se le metió en el cuerpo aflojándole las piernas. Jaavier no supo que hacer, dejó que el cuerpo de su contendiente rodara debajo de la mesa, sin decir una palabra colocó suavemente el palo sobre el tapete verde. Pasó la mano sobre sus cabellos y salió sin decir palabra.

Socorro lo miró alejarse, luego se volvió lentamente hacía Lucho y le dijo: -  ese salió a buscar su alma –

Lucho la miró sin entender nada, iba a engullir un bocado de pan cuando se acordó de Francisco tirado debajo de la mesa de billar.

 

 

“En la sala de un hospital”… como en la canción de Willy Colón, Abigail camina de lado a lado mientras se restriega las manos; de pronto se detiene, mira la puerta blanca que la separa de su enamorado, espera un poco y continua su paseo por la estancia. Ya ni recuerda cuantas horas lleva así, los médicos salen, la saludan, le sonríen y le dicen que espere, espere, espere… ¿hasta cuándo?

El olor dulce del café le da ánimos, siente que su aroma le penetra en el cuerpo y revive sus células, con una taza de café caliente podemos resistir lo que la vida nos eche encima. Decide dejar un momento la vigilancia ante la puerta y se marcha a la cafetería.

Cinco minutos transcurrieron entre el hecho de que su imagen fuera devorada por el ascensor hasta cuando dos médicos abrieron  la puerta y la buscaron. Al principio tímidos, sin hablar recorrieron los mismos metros que Abigail recorrió - nadie – llamaron luego a la enfermera que “no recuerda haber visto a nadie en la sala de espera”. Los médicos dan media vuelta y la puerta se cierra de nuevo casi al tiempo que el ascensor devuelve a Abigail con una taza de café humeante en la mano.

Por: Gladys