En la puerta había una gorra negra. La abuela la usaba para salir de la habitación, incluso si su viaje se limitaba a ir al baño. Cuando murió, en mi egoísmo de nieto preferido, me la quedé, la puse en mi puerta, pensando que tal vez esa gorra hiciera el milagro de que mis nietos me quisieran con la misma intensidad que yo la quise. Que equivocado, a los nietos les gusta que los abuelos les cuenten historias y yo ya no tengo palabras, ni dulces ni suaves, apenas pedruscos de realidad salen de mi boca. Y no tengo nietos.

Por: Gladys