Pozos de cafe.Malaga.(España)

Abigail toma un sorbo de café sentada frente a la ventana que le dibuja un paisaje de postal turística: unos sauces bien cuidados con sus ramas como dedos de gigante acariciando el empedrado del jardín arrullados por el viento, a la derecha un parterre con flores de mundo… nunca le gustaron esas flores gordas que tienen una vejez muy deprimente, en contraste con el verde del césped – allí debe oler a tierra húmeda, piensa – en cambio aquí huele a desinfectante. Otro sorbo al café y su pensamiento salta a la época en que se podía fumar en las salas de espera – mi trono por un cigarro – rememora la frase celebre de sus lecturas lejanas para espantar una certeza que le viene repiqueteando en el cerebro y a la que se niega a dar paso.

Unos susurros al otro lado de la puerta inaccesible. Se toma el resto de café en un gran buche y se acerca muy despacito, pega su oreja a la puerta.

- Hay que tomar una decisión hoy mismo – escucha Abigail –

- Yo soy de la opinión que le deberíamos dejar unos días más a ver si reacciona – responde otra voz un poco más grave que la anterior.

- No, el paciente no da muestras de querer volver. En cuanto a nuestra labor, creo que está concluida, el paciente no tiene ningún síntoma físico.

- ¿Y si lo remitimos a un psiquiátrico?

- Tampoco tiene signos de esquizofrenia, más bien yo diría que está muy cómodo en esa situación de “duerme vela” un caso que no podemos soportar más tiempo, hay muchos pacientes esperando esa cama, pacientes que tienen dolencias reales.

- Pero debemos averiguar qué le pasa.

- No somos un hospital investigativo, no tenemos un Dr. House en plantilla y nuestro deber es salvar a quien tiene ganas de ser salvado.

Abigail se retira, no desea escuchar nada más. Seguro que hablan de Javier y la certeza por fin se impone a su cerebro.

No quiere curarse – se dice a sí misma - . Su amor no desea vivir… ni siquiera por ella. Otra verdad absoluta que se escurre entre los dedos. El amor no lo puede todo. Duele decirlo, sobre todo cuando uno es el que ama. ¿Qué hago? ¿Debería quedarme?  La imagen de su madre se sentó frente a ella. El rostro pálido de la madre muerta puso en su cerebro las palabras que ella ya sabía pero que se negaba a escuchar.  Finalmente sonrió, YO NO ESTOY MUERTA  le dijo a la madre mirando los dibujos en el vaso de su café, luego lo tiró en la papelera y salió del hospital.

 

Al cabo de tres días los médicos resolvieron dar de alta a Javier, había dejado de manotear y su rostro reflejaba cierta calma, incluso sus mejillas se teñían de un vital tono rosa, pero se negaba a hablar. Esa misma tarde salió por su propio pie del hospital y al regresar a su casa se encontró lo que temía y que en el fondo era lo lógico: Su mujer y su hijo se habían marchado. Una mujer total ama a un hombre total y él no lo era.

Por: Gladys