Leer el periódico un domingo en la mañana era uno de mis más entrañables placeres, a veces lo hacía calentita en la cama, mientras bebía a sorbos muy lentos mis primeros cafés, otras veces, cuando la luminosidad del día invitaba a salir, me enfundaba en una ropa cómoda y me iba a la terraza del parque, siempre con mi periódico a mano mientras saboreaba el gusto amargo de unas aceitunas con una jarra de cerveza. ¡Ah qué placer!  Pero hablar de estas emociones es revivir un placer ya extinto, seguro que estarán de acuerdo conmigo porque durante los últimos meses, las hojas de los periódicos se limitan a publicar versiones de la crisis, no hay en el ámbito mundial escritor, artista, político, economista que no encuentre hueco en sus páginas para expresar su opinión acerca de la actual situación, unos analizan las prehistoria de la crisis, otros la historia y los que se creen poseedores de poderes adivinatorios, chorrean tinta sobre el futuro.

¿Y el lector qué? El indefenso lector se pregunta si valía la pena gastarse los dos euros con cincuenta que cuesta ese manojo de páginas para enterarse de lo que vive en carne propia, con afán casi impulsivo lee entre líneas a ver si hay una grieta por la que escurrirse y de pronto encontrar una salida a su triste situación o al menos un clavo ardiendo del que aferrarse, pero nada, es como si un informático mundial hubiese formateado  la memoria de la humanidad vaciándonos de otros contenidos.

Y ahí estamos, todos hablando de lo mismo, todos repitiendo las mismas palabras, todos aferrados a su parcela de opinión tratando de convencer al  otro de que lo que él piensa es lo único verdadero. ¿Estamos locos? ¿Hemos perdido nuestra individualidad? la pregunta me produce escalofrío y en un intento por salvar el  poco de autenticidad que me queda, tiro el periódico a la basura… esos dos con cincuenta euros me duelen porque había podido tomarme otra cerveza con otra tapita de aceitunas que me hubiese dejado más reconciliada con la vida en vez de pensar en dónde tendrán escondidos, los cuatro mandantes de siempre, los millones del resto de la humanidad, como yo, por ejemplo.

Por: Gladys