Estira los dedos delante de sus ojos, repite el ritual desde los cuatro años, como le enseñó su mamá. Mueve las falanges despacito hasta que su mente se toma un respiro justo al llegar al número diez.

El público la rodea en silencio. Los ojos de la gente esperan ansiosos, ella siente su palpitar. Inclina la cabeza, les sonríe camina erguida hasta la rueda que la aguarda de la mano de su asistente.

Se coloca en el centro, su cuerpo se inclina suavemente inicia su acto con unos tímidos giros preliminares, por lo menos hasta descubrir el rostro que desde hace una semana la mira sin parpadear. Segundos después, absorbida la admiración, el mundo desaparece para la malabarista. Los rostros de la multitud se amalgaman en una torta salpicada de ojos atentos. Arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda. La rueda que la transporta gira sobre una retícula imaginaria obedeciendo a las rutinas establecidas por ella, una rutina de movimientos que representan el día a día de millones de personas, pero que extraídos en una escena particular adquieren el tono mágico del arte, pero también se convierten en algo tan abstracto que su verdadero significado escapa del alcance de la inteligencia humana.

 

 

- Siempre hace lo mismo – susurra Alicia a su compañera –

- Y nosotros siempre estamos aquí – asiente con una sonrisa Berta –

- Vámonos que llegaremos tarde a la clase.

- Hoy, me da no sé qué dejarla sin que termine el número, ¿y si se da cuenta que nos vamos?

- Todos los artistas están acostumbrados a eso. Habrá gente que se quede y otra que se marche.

- Si, pero… bueno. Supongo que muchos representan y luego se van a sus casas, porque tienen una vida diferente y ella…

- Seguramente que ella también la tiene Berta, vámonos. A lo mejor su marido la está esperando o su amigo, en fin, no parece ser una mujer solitaria.

- ¿Y si está sola?

- Pues mala suerte. Que se las apañe, como todos, como todo el mundo ni más ni menos. Dijo Alicia recogiendo sus libros para marcharse.

- Que se las apañe, iba pensando Berta mientras recogía también sus libros y se disponía a seguir los pasos de su amiga.

Dio una última mirada a la mujer que estaba realizando los  giros finales, su silueta se recortaba contra el fondo de la calle… qué se las apañe… que se las apañe.

 

Se va piensa la artista en el instante en que su rostro se acerca al piso en la reverencia final. No esperó el final la niña linda.

Y una lágrima se abrió camino entre las surcadas mejillas mientras los labios sonreían al escaso público que aguantaba bajo la lluvia que empezaba a caer.

Por: Gladys