EL SUEÑO MÁS DULCE

Doris Lessing

 

En su contraportada la autora expresa: “Espero haber sido capaz de recrear el espíritu de la década de los sesenta…”

Y vaya que lo consiguió. En el sueño más dulce encontramos el ideal que aglutinó a toda una generación: un mundo más justo, pero bajo esa premisa se oculta la parte más oscura del ser humano: su egoísmo. Una actitud que siempre nos hace reflexionar sobre las consecuencias de las acciones humanas, por muy nobles que parezcan: ¿cambiar el mundo significa abandonar a su familia? ¿Sacrificar lo personal por lo universal es realmente eficaz? o también: ¿la creación de un mundo nuevo implica necesariamente la extinción del modelo antiguo?

Interrogantes que bailan en nuestra mente sin acertar a despejarse definitivamente, y que en el libro tampoco parecen mostrar indicios de solución, quizás ese no es el fin, el ambiente de la novela se limita a poner en escena una serie de personajes que esgrimen sus particulares maneras de pensar acerca del mundo que les tocó vivir y que el lector saque su propia conclusión. Un ejemplo: Francés, mujer de un activista político que nota como su “ídolo” se va erosionando a medida que el tiempo pasa, que nota como su discurso pasa de ser un grito vehemente a una fórmula  obsoleta sin ninguna coherencia entre lo público y lo privado, atrincherándose en su feudo íntimo cuando se da cuenta que la labor de su vida ni siquiera rasguñó esa desigualdad por la que luchó.

En el sueño más dulce nos sentimos identificados con los personajes, sentimos que somos impotentes ante quienes nos gobiernan, y lo más importante: que somos  fruto de lo que la sociedad siembra.

 

Por: Ágata