Toma – le dijo desapareciendo en una nube rosa –

María se quedó muda. ¿Dos escobas? ¿Y para qué coño quiero yo dos escobas?

Efectivamente, entre sus manos sostenía un par de escobas antiguas, sí, de esas de esparto que ya no se usan. Bonitas quizás, para quien guste de coleccionar artesanías curiosas, ¿pero María? Ella recordaba vagamente haberlas visto en alguna tienda, pero nunca vio a nadie usarlas. Su imagen de “barrendera” encajaba en una mujer de mediana edad blandiendo una aspiradora.

María tocó las escobas, confirmó la dureza del esparto, la fuerza del palo, intentó barrer su habitación pero la risa no la dejó terminar su labor.  Avanzó hasta el balcón y probó a colocarlas a lado y lado de las puertas, pero no le gustó el efecto óptico. Luego hizo girar una en el aire pero se le cayó. Tampoco malabares con ellas podía hacer.

¿Y qué hago con esto? Para un regalo que me cae del cielo, vaya mala suerte la mia – Si al menos fueran mágicas, si pudieran volar, se dijo intentando ironizar. Ay Dios, que vivimos en el siglo XXI y esas son ñoñerías.

Ahora en serio. Ustedes se preguntaran, y a qué viene todo esto de las escobas, que más bien parece una burda imitación de los cuentos de Hadas y ahí tienen razón. Pero es que siempre me pregunté qué pasaba después, no ya del tan manido “Y fueron felices”, también me preocupaba por la bruja malvada, o el lobo hambriento, o si llegaría el día en que el tal pulgarcito diera el estirón, interrogantes que desde luego nadie me contestó en mi primera infancia, ni en la segunda y mucho menos lo harán cuando llegue a la tercera o la cuarta. Una cosa prueba esta educación, que los traumas tardan años en manifestarse y las formas de hacerlo suelen ser más bien extrañas: dos escobas, por ejemplo en un piso mínimo de la calle Hospital en Barcelona y el timbre de la puerta reventando. No me había dado cuenta que estaban timbrando.

Es la vecina – me digo al mirar por la mirilla –

- Hola, bona tarda, disculpe la molestia – mi corazón se desboca, quiero lanzarme a sus pies, mezcló catalán con español – me preguntaba, sigue ella sin oír mis pensamientos – si usted va a salir, es que he perdido la llave del portal y como todo el mundo anda de veraneo me da miedo quedarme fuera. Si no le importa puedo llamar a su piso en dos horas más o menos, es que tengo que salir a… - Dios pensé, ahora me va contar… Por qué diablos no me habló en catalán, así yo le diría que no entiendo y se acabó, cada una a lo suyo – No me importa le interrumpo mientras intento colocar mis escobas en algún sitio.

- Bonitas escobas -  suelta la anciana –

- ¿Le gustan de verdad? me las ha regalado un - ¿Quién me las dio?

- Ya no se usan. ¿Las compró para adornar? – me dice ella -

- Me las regaló un Hada – le dije mordiéndome los labios – sólo por ver que me decía.

- ¿Y qué va a hacer con ellas? – dijo la anciana acariciando las escobas como si fueran una mascota perruna y sin asombrarse de lo del Hada.

- No sé – le dije abriendo en abanico las cerdas de las escobas –

- Es usted afortunada… siempre y cuando sepa usarlas. Adéu

Y se marchó escalera abajo tan lenta como mi entendimiento. ¿Qué me había querido decir? Se referiría a que mi piso no estaba muy limpio o a algún poder sobrenatural. Sin pensar más lancé las escobas dentro, até mi cabello en una coleta y salí corriendo detrás de la anciana que había desaparecido por la escalera.  Me quedé a mitad de camino, no podía ser que hubiese salido tan rápido, noventa años se notan en esas cosas. Tampoco había escuchado puertas abrirse o cerrarse y me parece que la anciana no hablaba con nadie en el edificio. Un clak me aclaró las ideas. Acababa de salir.

Bajé un poco más despacio las escaleras, no sabía qué le iba a preguntar pero tenía que ir detrás de ella. Al llegar a la calle vi como entraba en la chocolatería y la seguí. Me apoyé en una silla al lado de ella justo cuando el camarero le ponía un tazón de chocolate y una porción de churros.

- ¿Gusta? me dijo

- No, a mi el chocolate me gusta más claro… aunque churros si -  y llamé al camarero para pedir una ración -.

- ¿A qué usted vino por lo de las escobas verdad?

- Si, le respondí.

- Se lo diré cuando terminemos de merendar.

Me miró con sus ojos claros, dio un mordisco elegante a su churro y masticó con algún esfuerzo – las muelas me dijo a manera de disculpa – se tomó su tiempo para digerir, luego sorbió su cucharada de chocolate humeante sin quitar la vista de mi rostro. Luego me habló de su marido, de sus hijos y el tiempo se nos fue de las manos.

De eso ya hace un par de años, nunca hubo tiempo para hablar de las escobas no lo necesitábamos, ambas sabíamos que eso era lo de menos, pues lo importante ya lo teníamos. Habíamos sabido usar las cosas que nos eran dadas, por ejemplo, la amistad. Aunque ahora yo sea la única que hable.

Por: Gladys