Mi amigo Jaime vivía convencido de que las palabras son como la aspirina, buenas para todo. Por eso no dejaba hablar a nadie, esto que podría ser un grave defecto, sin embargo tenía un éxito impresionante con las mujeres. No había fémina que se resistiera a ese verbo. Debo reconocer que esa atracción valía también con los representantes de su mismo sexo. Los hombres le seguían como corderos, quizás para contagiarse de su buena suerte y de paso ligarse a unas cuantas. Conjeturas aparte, yo también me convertí en su "devoto" después de oírlo hablar. ¿Qué por qué? Ni yo mismo lo sé. Conocí a Jaime en la universidad y lo utilicé para aprobar las asignaturas que obligaban a un examen oral y en grupo. Después de las clases vinieron las fiestas, las salidas, los, y las amigas, todo fue una cadena de sucesos que se ha venido construyendo a lo largo de los años hasta convertirse en cariño… o alianza, o pacto… vaya uno a saber. De esto hace la tira. Y eso que cada uno formó un hogar, pero nos veíamos con frecuencia, claro, a escondidas de nuestras esposas, ellas no nos soportaban. Estoy seguro de que Jaime también lo supo desde el principio, pero ese era un tema que teníamos vetado tácitamente.

Cada jueves nos reuníamos a jugar al billar, siempre a las siete en punto y máximo hasta las diez, por aquello de no alterar la paz hogareña. Llegábamos puntuales, Carlos, el dueño del local, nos tenía reservada la mesa; en la nevera nos esperaban unas cuantas cervezas bien frías, un platito de aceitunas y venga a tacar de lo lindo. Nadie diría que nos concentramos a fondo, dada la charlatanería de Jaime, lo que la gente no sabe es que si Jaime se quedaba callado no nos podíamos concentrar y la partida se iba al carajo.

Esa noche, cuando estábamos en lo mejor de la partida, más o menos las ocho y media, lo sé porque empezaban los deportes en el telediario, alcé la vista hacía la pantalla y vi a nuestras mujeres riéndose de una forma tan contagiosa que yo mismo empecé a sonreírme al principio, para estallar luego en una carcajada sonora que llamó la atención de Jaime. El miró hacía la tele y me miró a mi asombrado.

-          ¿No te causa gracia? – le pregunté

-          Sabes que a mi el fútbol…

-          No digo el fútbol, mira quien – alcé la vista y nuestras mujeres ya no estaban en la pantalla. Lo miré, iba a explicarle pero recordé que a mi las palabras me odiaban y siempre se vengaban dejando en el ambiente un aire de falsedad. Entonces me solté a hablar sin pensar. A una simple explicación le seguía un párrafo con otra explicación más extensa y a éste otra y luego otra y otra, las palabras me salían con una facilidad asombrosa mientras Jaime y Carlos y los demás me miraban asombrados. Jaime trató de continuar la partida felicitándome por esa muestra de histrionismo, Carlos me dio una palmada en la espalda y todo parecía volver a la normalidad, pero si callaba la imagen de nuestras mujeres aparecía en mi mente y para ahuyentarla me sentía obligado a hablar. Jaime se empezó a sentir incómodo, al principio trató de seguirme la corriente pero como yo no paraba de hablar, el guardó silencio, su rostro adoptó un gesto huraño y parecía tener prisa por acabar la partida. A partir de ese momento nuestra amistad se enfrió y las excusas para no ir más al billar dejaron de ser convincentes, lo cual no importaba, por supuesto.

Por: Gladys