Salió a tomar el sol con un libro.

Escogió un lugar, ni muy soleado ni muy frío, se tumbó en una hamaca. Se acomodó, estiró el cuerpo y se sintió bien. Le gustó estar bajo el intenso azul del cielo.

Abrió el libro, la gente que pasaba por allí se quedaba asombrada al ver que alguien leyera en días como ese.

Me admiran pensó mientras intentaba leer sin lograr entender nada de aquellas letras, entretanto la gente se iba aglomerando y su orgullo iba creciendo, tenía cierto morbo eso de causar admiración: ¡que intelecto! ¡qué genio! ¡qué disciplina!

Pero al cabo de un tiempo se dio cuenta que no entendía nada, las hojas del libro, amarillentas por el tiempo, se encontraban apolilladas y los agujeros eran tan grandes que era muy difícil hallar sentido a los textos, puso el gesto severo, pasó hojas con delicadeza pero se deshacían entre sus dedos, no había página que no estuviese agujereada hasta que pensó que el libro era sinónimo de su vida: una historia ininteligible, agujereada por la polilla que no entiende ni Dios.

Por: Selvática