Historias de allá


       

Todas las tardes, a eso de las cinco, hora española, once o doce de la mañana, hora colombiana, según sea horario de verano o invierno, entra Milady contoneando sus caderas al ciber. Lo primero que hace es buscar con la mirada si hay un computador apartado, luego desvía sus ojos hasta el encargado, le dedica la mejor de sus sonrisas y se acerca tímidamente, y pregunta si hay alguno libre, aunque ya lo haya visto. Al principio el encargado no lograba escucharla – éstos sudacas hablan tan bajito – Así que Milady era escuchada al tercer intento, mientras su cara enrojecía al saberse escuchada por toda la gente que estaba allí, y encima descubrirían que era colombiana por el acento, lo cual la avergonzaba todavía más.

         Sobreviviendo a los primeros minutos, finalmente le daban la clave para tomar un computador, al que se dirigía sin mirar a nadie. Lo primero que hacía era abrir su correo personal para comprobar que el Jairo no le había contestado, volvía a ponerse colorada, pero esta vez de la rabia, qué ingrato era, no hacía ni un mes que había viajado y el ya andaría por ahí detrás de las faldas de quien sabe quien. Maldy se consolaba con los correos de las amigas, hacía los test de personalidad que le mandaban y se le aguaban los ojos viendo las fotos de sus amigos. Cuando se sentía más relajada, se decidía a escribirle al Jairo, y toda la rabia se le desbordaba en una enorme profusión de frases empalagosas.

         Milady vivía para ir al ciber, por eso no se dio cuenta que desde hacía poco más de un mes, un señor muy bien puesto, perfumado y bastante serio se sentaba cerca de ella frente a otra pantalla, mucho menos que simuló abrirse un blog cuando en realidad lo que hacía era leer por encima del hombro los ríos de dulzura que Milady enviaba a su Jairo casi todos los días. Al principio el caballero tuvo que luchar contra sus principios, eso no estaba bien, no era de personas educadas y rigurosas espiar las conversaciones de los demás, pero esa niña con su cabello hasta la cintura, su tez morena, su cuerpo ardiente y esa voz que parecía sólo existir para eso, para inundar de miel el ciberespacio, le había debilitado los cimientos de su personalidad tallada a golpe de madera en las Escuelas Pías. Por eso no podía resistirse, su ánimo, entereza y personalidad se habían derretido al calor del Caribe, por las mañanas le costaba trabajo levantarse, y ya no recordaba todos los malabares que hacía para visitar continuamente a los clientes de esa zona. Después de esa hora ya no importaba nada, podía sumergirse de lleno en su rutina sin mayores pesares.

         El verano estaba próximo, eso le preocupaba, a lo mejor la niña de sus ojos se iba de vacaciones a su país y pasarían tres larguísimos meses sin verla, él, desde luego no quería programar nada hasta ver como se desarrollaban los acontecimientos. Sin embargo esa misma mañana decidió que no podía estar tranquilo hasta no saber si la chiquilla se iba o no, por eso decidió ampliar su horario de persecución hasta conocer todo el mundo de la dulce morena de sus sueños. Gracias a sus dotes de superagente, averiguó en qué Instituto estudiaba, en qué curso estaba, donde vivía y con quién, casi todas las rutinas de la chica le confirmaban sus hipótesis, sin embargo, la tarde que conoció a la madre se llevó un buen susto. ¡Si parecían hermanas! Incluso la madre tenía un aire de "chica mala" que despertó sus apetitos dormidos llevándolo a replantearse su plan, ¿no sería mejor y más efectivo llegar hasta la niña a través de la madre? Ya lo pensaría, si algún resquicio le quedaba de su educación franquista era la disciplina. No iba a echar a perder todo por culpa de esas suramericanas, así que tranquilamente volvió a su rutina de "hora ciber", volvió a leer las mieles emanadas de la niña y no entendía porque el tal Jairo no se decidía a seguirla hasta el fin del mundo si fuera posible. Supo después que su niña viajaría a finales de Junio…

         El verano fue un verdadero tormento, decidió irse a los Fiordos Noruegos imponiéndose a los ruegos de su esposa e hijos que clamaban por ir a Cancún. Ni loco visitaría el Caribe, a menos que…

         Los meses pasaron más rápido de lo que esperaba, la frialdad de las tierras nórdicas pareció poner orden a su atribulado cuerpo, sus carnes se templaron, el ánimo volvió a recrearse con sus lecturas, su música y sus largas y opíparas cenas, sintiendo en su corazón crecer, a medida que se acercaba el día del regreso, una angustia que le cortaba la respiración; sabiendo de qué se trataba procuraba entretenerse, todas las noches juraba que no adelantaría su regreso. No, él sabía la fecha del inicio de clases y ese día él estaría en el ciber para ver aparecer a su musa latina.

         Como todo en la vida, los plazos se cumplen, el gran día llegó, mientras iba camino del ciber pensaba en lo lindo que sería un encuentro real, él iría por la calle bien vestido, perfumado, llevaría un ramito de flores y en su bolsillo sentiría el golpeteo de un anillo de compromiso… Llegó al ciber, faltaban unos diez minutos para la hora de costumbre, pasaron cinco minutos, las manos le sudaban, dieron las cinco en punto y se dio cuenta que estaba llamando la atención, se decidió a abrir su correo y encontró solo mensajes de publicidad, lentamente los fue borrando de uno en uno para parecer atareado y darle tiempo a su virgen que llegara. En ello estaba cuando Milady llegó, entró decidida y esta vez el administrador no le preguntó dos veces qué quería, pidió la clave y fue a sentarse ante el computador, abrió el correo y se sonrió al ver que tenía cincuenta mensajes de Jairo. Los miró con gusto, los repasó saboreando su venganza y con un coqueto gesto oprimió "eliminar".

         Nuestro caballero la estaba observando completamente pálido, un frío mortal le subió por los dedos de los pies, su niña se había cortado el pelo y tenía un mechón fuccia que le caía sobre su bella e inocente frente, justo sobre un piercing en la ceja izquierda. Milady vestía una camiseta deshilachada y tenía un tatuaje en el cuello, en ese sitio que tantas veces soñó con besar. Las lágrimas rodaron por sus inertes mejillas, buscó en los bolsillos una moneda de dos euros y salió de allí con el propósito de cambiar su zona de trabajo.


Por: Gladys