12 de Julio, 2009, 7:27: Gladysbogotá
Historias de Allá.




         Con el papel arrugado en la mano y ya casi desteñido por el sudor, nuestro joven protagonista mira el nombre allí anotado: calle Pérez Galdós Nº. xx. Se acerca a la esquina de la calle, desafiando el calor que parece derretirle el cerebro y mira con desconsuelo que esta parado sobre la acera de la calle Ángel Guimerá, el sudor empieza a resbalar por su columna vertebral, la vista se le nubla un instante, obligándolo a sentarse en el quicio de una ventana, a la sombra.  Decide esperar. ¿Qué? No lo sabe. Si estuviera en su país, hubiera aplicado la lógica matemática, la ecuación de las calles no tiene ningún misterio al otro lado del Atlántico. La numeración empieza en el centro de la ciudad y aumenta a medida que se avanza hacía el norte, disminuye al sur, así, si buscas la calle 43 y estás en la ochenta, pues sólo tienes que caminar hacía el sur contando en orden descendente las calles hasta ponerte sobre la 43 y ahí está, problema resuelto, llegas a tu calle, encuentras a los tuyos o a quien vas a visitar y el orden no se altera, pero buscar una calle que tiene nombre de persona y encima fallecido hace muchos años y de quien sólo recuerdas algo muy vago que tu profesora colocó sobre el tablero hay un enorme abismo. Claro, que tampoco te resolvería el actual problema saberse todas las obras del autor, quizás los Episodios Nacionales o Fortunata y Jacinta no ayudan a encontrar calles donde algún funcionario espera tus documentos para ponerles un sello que te permita circular por ese laberinto de nombres ilustres que seguramente hicieron meritos para que unos mangantes… ¿o no?,  se reunieran una mañana en algún salón del Cabildo, se sentaran ante unas mesas y después de oír, el "se abre la sesión" empezaran a poner sobre la mesa sus papeles con anotaciones como esta: La calle que bordea el puerto desde la plazoleta xx debe llamarse Ángel Guerra y la calle del ensanche al norte, Garcilaso de la Vega o Benito Pérez Galdós. Al final, se vota la sesión y ya está, quedaron bautizadas las calles, se ordena imprimir la placa y el edil, unos días más tarde considera si ejecuta una ceremonia con invitados ilustres o simplemente contrata a un obrero, "con o sin papeles" para que lleve el taladro y fije a la pared un pedazo de piedra con un nombre… Por que así debe ser como bautizan a las calles, nada de iglesias, ni de padrinos ante la pila de agua bendita, entonces, te preguntas si alguien nacido en la calle Beethoven, por decir algo,  será consciente de que existió una vez un señor que escribió una música maravillosa, o que tal vez inventó una vacuna, descubrió un mineral o dilucidó un problema metafísico.

         Ahí es donde te das cuenta cuanto ha cambiado tu vida, el cerebro debe recodificarse dejando de lado las matemáticas para adaptarse a un sistema circunstancial al que no le encuentras pies ni cabeza para empezar a digerirlo, aunque, tu mente acostumbrada a deducciones lógicas se pregunta: porque la calle Pérez Galdós se llama así y por qué está ubicada cerca de la de Triana y de la Peregrina, no hay una secuencia, es solo un nombre en medio de una maraña de nombres ilustres si, pero nombres que no sirven para orientar a los despistados, no sabes si estás al norte o al este de la ciudad, Benito Pérez Galdós es un escritor que vivió en esa calle y entonces caes en cuenta, no vives sobre un plano matemático fríamente calculado, vives en un plano atemporal,  y recuerdas a la abuela cuando te mandaba a la tienda a comprar dos tomates y una cebolla, y te decía una y otra vez, ve a la calle de la pileta, donde doña Rosita la maestra y pídele que los tomates estén maduros y jugosos, entonces él se sentía un hombre mayor y responsable de tal tarea, por eso adoraba a su abuela, porque ella lo mandaba a explorar el mundo tras el portal de su casa, un poco como ahora, aunque los detalles han cambiado radicalmente, la oficina donde le ponen los sellos a sus papeles queda donde doña XX, la escritora, maestra, o química de la ciudad. 

         Te miras los pies hinchados de tanto caminar y en vez de preguntar a un vecino, te vas al primer quiosco que encuentras y te compras un plano de la ciudad, después de unos veinte fracasos logras enrumbar en la dirección correcta, pero ya es la una y no atienden hasta mañana. Con las manos en los bolsillos sales del edificio, te sientas en la plaza de enfrente y miras las calles, revisas el plano y ordenas matemáticamente los nombres de esos seres humanos que ostentan las calles, dejas de lado las comparaciones y preparas tu mente para absorber la nueva realidad, luego te vas a la biblioteca y pides un libro de Pérez Galdós y mientras buscas una mesa te preguntas si alguna vez, una calle llevará tu nombre y lo más importante, ¿me gustará ser nombre de calle una vez haya muerto? ¿Me gustará aparecer en un plano, en una placa colocada en una esquina cualquiera contemplando eternamente como los ojos tímidos de los extranjeros me miran con desesperanza?

Por: Gladys


12 de Julio, 2009, 7:14: Jimulminirelatos






Los 40 presos se agolpaban en la puerta, al tiempo que eran tranquilizados, a golpes por unos guardias que disfrutaban del trabajo. El chupinazo de rigor indicaba la inmediata salida. La puerta se abrió y 5 presos estaban tirados en el suelo masacrados por sus propios compañeros. Un gentío se agolpaba a los lados de la calle, protegidos por una valla electrificada. Tras recibir varias descargas y golpes mortales de necesidad, tres reclusos se encaminaban a trompicones, entre los cuerpos yacentes de sus compañeros.Hacia la recta final, en aquel Nuevo Circo un par de sonidos sordos se oyeron. Los dos presos que iban delante cayeron inertes, manchando de sangre al tercero, paralizado ante tal espectáculo salvaje, intentó ayudar a alguno. El ruido ensordecedor del populacho, lo devolvió a la realidad, entrando en el Coso.
Allí le esperaba una libertad más cruenta que su condena.

Jimul

12 de Julio, 2009, 7:08: Sin nombreF1 Portal Sur


El conde de Montecristo

Autor: Alexandre Dumas  - padre y Auguste Maquet -


Edmundo Dantes, más conocido por el Conde de Montecristo es un personaje que reune todos los requisitos para ser un Héroe universal tallado con los punzones más viles de la sociedad, Dantes toma por bandera la LIBERTAD, con mayúsculas y se obsesiona  en la búsqueda de la justicia.

En su empeño ayuda a quienes le ayudaron y se convierte en su defensor y a quienes le perjudicaron en su ángel vengador.

Todos los que le traicionaron son enfrentados a la justicia de una manera que refleja la tradición original. Sin embargo, la primera vez que sale perjudicado un inocente en el desarrollo de su venganza, se da cuenta de que sólo Dios es capaz de dispensar justicia, y cesa en sus intentos de castigo.

Un personaje absolutamente real, con sus debilidades y grandezas en un marco histórico incomparable.


Otros personajes:

Abate Faria: Sacerdote y sabio italiano; hace amistad con Edmond mientras ambos son prisioneros en el Castillo de If, y revela el secreto de Montecristo a Edmond. Se convierte en un padre figurado para el conde de Montecristo durante la estadía de Edmond en prisión.

Luigi Vampa: Cruel bandido que opera en Roma y los alrededores.

Haydèe: La hija de Alí Pachá, princesa de Janina, vendida como esclava y más tarde adquirida por Dantès.

Bertuccio: El mayordomo del conde de Montecristo, un sirviente muy leal.

Alí: Un esclavo mudo (le cortaron la lengua como condena) esclavo de Montecristo quien lo compro en Oriente sobornando al sultán que lo iba a mandar al verdugo como parte de su condena. Por tanto es incondicionalmente fiel del conde

Bautista: Un criado que el conde contrata en París, se convierte en su tercer hombre de confianza.


Por: Sin nombre

12 de Julio, 2009, 6:39: Selváticaminirelatos

A las ocho de la mañana aparece empujando la puerta de cristal. -  Sé que dará doce pasos antes de entrar en su despacho sin mirarme – Todos los días igual, como si una oleada de colonia Puig me bañara. Igual que en el anuncio de la tele. Todo sucede espontáneamente, yo me arrimo más al ordenador, el boli cae en medio de mis piernas, aprieto las rodillas y las convulsiones empiezan. El boli sube y baja, las rodillas se golpetean contra la varilla horizontal del escritorio, las nalgas se aprietan, alcanzan su velocidad máxima. Inclino la cabeza, las manos debajo de la mesa cumplen su cometido.

La puerta se cierra. Culminaron los doce pasos, llevándose adheridas en las suelas de sus zapatos mis doce orgasmos.

Selvática

12 de Julio, 2009, 6:30: GladysGeneral


Desde que la cerveza empieza a caer en el vaso, mi espíritu tiembla como ante un hecho crucial en la vida. Los ojos expectantes se aferran al líquido dorado y admiran ese borbollón blanco e inquieto que sube vertiginoso hasta desbordarse sobre la mesa. Luego, y sin importar el lugar donde me encuentre inclino mi cabeza hasta el nivel del  vaso y miro a través del dorado líquido.

Allí veo elevándose en una burbuja la casa que nunca tuve, los objetos que nunca poseí, los libros que jamás leí, los amores que nunca llegaron a incendiar mi corazón, las comidas que jamás probé, las ciudades que nunca visité y los ojos me escuecen de tanto mundo no vivido, mi boca se repliega en un gesto inmundo de ansiedad y desconsuelo, siento que la rabia me corroe por dentro y destroza mis entrañas, las lágrimas ruedan sobre la mesa y van formando caminitos sinuosos en un laberinto espantoso de pasillos con murales donde se dibujan las palabras que nunca dije sobre el escenario de todos los momentos que constituyeron mi vida.

Ya está. Sobre la madera pulida de la mesa se dibuja una pintura abstracta de cerveza, mi dedo índice va abriéndole nuevos derroteros, mi mano izquierda sostiene mi cabeza y el mundo ha desaparecido. Solamente existe un cuerpo llamado como yo, una jarra de cerveza y un laberinto sobre la mesa.

Los demás no existen, no hay nada más allá de la húmeda jarra de cristal, y el abismo que separa la mesa de los demás es un agujero inexpugnable.

Me llevo la jarra a los labios, la tripa me duele un poco, pero tengo que hacerlo, ya nada me detendrá. Estoy bebiendo amores, casas, paisajes, palabras, libros, ciudades y comidas… qué importa que no los haya vivido, me los he tragado y están dentro de mí.

Gladys