Desde que la cerveza empieza a caer en el vaso, mi espíritu tiembla como ante un hecho crucial en la vida. Los ojos expectantes se aferran al líquido dorado y admiran ese borbollón blanco e inquieto que sube vertiginoso hasta desbordarse sobre la mesa. Luego, y sin importar el lugar donde me encuentre inclino mi cabeza hasta el nivel del  vaso y miro a través del dorado líquido.

Allí veo elevándose en una burbuja la casa que nunca tuve, los objetos que nunca poseí, los libros que jamás leí, los amores que nunca llegaron a incendiar mi corazón, las comidas que jamás probé, las ciudades que nunca visité y los ojos me escuecen de tanto mundo no vivido, mi boca se repliega en un gesto inmundo de ansiedad y desconsuelo, siento que la rabia me corroe por dentro y destroza mis entrañas, las lágrimas ruedan sobre la mesa y van formando caminitos sinuosos en un laberinto espantoso de pasillos con murales donde se dibujan las palabras que nunca dije sobre el escenario de todos los momentos que constituyeron mi vida.

Ya está. Sobre la madera pulida de la mesa se dibuja una pintura abstracta de cerveza, mi dedo índice va abriéndole nuevos derroteros, mi mano izquierda sostiene mi cabeza y el mundo ha desaparecido. Solamente existe un cuerpo llamado como yo, una jarra de cerveza y un laberinto sobre la mesa.

Los demás no existen, no hay nada más allá de la húmeda jarra de cristal, y el abismo que separa la mesa de los demás es un agujero inexpugnable.

Me llevo la jarra a los labios, la tripa me duele un poco, pero tengo que hacerlo, ya nada me detendrá. Estoy bebiendo amores, casas, paisajes, palabras, libros, ciudades y comidas… qué importa que no los haya vivido, me los he tragado y están dentro de mí.

Gladys