Historias de Allá.




         Con el papel arrugado en la mano y ya casi desteñido por el sudor, nuestro joven protagonista mira el nombre allí anotado: calle Pérez Galdós Nº. xx. Se acerca a la esquina de la calle, desafiando el calor que parece derretirle el cerebro y mira con desconsuelo que esta parado sobre la acera de la calle Ángel Guimerá, el sudor empieza a resbalar por su columna vertebral, la vista se le nubla un instante, obligándolo a sentarse en el quicio de una ventana, a la sombra.  Decide esperar. ¿Qué? No lo sabe. Si estuviera en su país, hubiera aplicado la lógica matemática, la ecuación de las calles no tiene ningún misterio al otro lado del Atlántico. La numeración empieza en el centro de la ciudad y aumenta a medida que se avanza hacía el norte, disminuye al sur, así, si buscas la calle 43 y estás en la ochenta, pues sólo tienes que caminar hacía el sur contando en orden descendente las calles hasta ponerte sobre la 43 y ahí está, problema resuelto, llegas a tu calle, encuentras a los tuyos o a quien vas a visitar y el orden no se altera, pero buscar una calle que tiene nombre de persona y encima fallecido hace muchos años y de quien sólo recuerdas algo muy vago que tu profesora colocó sobre el tablero hay un enorme abismo. Claro, que tampoco te resolvería el actual problema saberse todas las obras del autor, quizás los Episodios Nacionales o Fortunata y Jacinta no ayudan a encontrar calles donde algún funcionario espera tus documentos para ponerles un sello que te permita circular por ese laberinto de nombres ilustres que seguramente hicieron meritos para que unos mangantes… ¿o no?,  se reunieran una mañana en algún salón del Cabildo, se sentaran ante unas mesas y después de oír, el "se abre la sesión" empezaran a poner sobre la mesa sus papeles con anotaciones como esta: La calle que bordea el puerto desde la plazoleta xx debe llamarse Ángel Guerra y la calle del ensanche al norte, Garcilaso de la Vega o Benito Pérez Galdós. Al final, se vota la sesión y ya está, quedaron bautizadas las calles, se ordena imprimir la placa y el edil, unos días más tarde considera si ejecuta una ceremonia con invitados ilustres o simplemente contrata a un obrero, "con o sin papeles" para que lleve el taladro y fije a la pared un pedazo de piedra con un nombre… Por que así debe ser como bautizan a las calles, nada de iglesias, ni de padrinos ante la pila de agua bendita, entonces, te preguntas si alguien nacido en la calle Beethoven, por decir algo,  será consciente de que existió una vez un señor que escribió una música maravillosa, o que tal vez inventó una vacuna, descubrió un mineral o dilucidó un problema metafísico.

         Ahí es donde te das cuenta cuanto ha cambiado tu vida, el cerebro debe recodificarse dejando de lado las matemáticas para adaptarse a un sistema circunstancial al que no le encuentras pies ni cabeza para empezar a digerirlo, aunque, tu mente acostumbrada a deducciones lógicas se pregunta: porque la calle Pérez Galdós se llama así y por qué está ubicada cerca de la de Triana y de la Peregrina, no hay una secuencia, es solo un nombre en medio de una maraña de nombres ilustres si, pero nombres que no sirven para orientar a los despistados, no sabes si estás al norte o al este de la ciudad, Benito Pérez Galdós es un escritor que vivió en esa calle y entonces caes en cuenta, no vives sobre un plano matemático fríamente calculado, vives en un plano atemporal,  y recuerdas a la abuela cuando te mandaba a la tienda a comprar dos tomates y una cebolla, y te decía una y otra vez, ve a la calle de la pileta, donde doña Rosita la maestra y pídele que los tomates estén maduros y jugosos, entonces él se sentía un hombre mayor y responsable de tal tarea, por eso adoraba a su abuela, porque ella lo mandaba a explorar el mundo tras el portal de su casa, un poco como ahora, aunque los detalles han cambiado radicalmente, la oficina donde le ponen los sellos a sus papeles queda donde doña XX, la escritora, maestra, o química de la ciudad. 

         Te miras los pies hinchados de tanto caminar y en vez de preguntar a un vecino, te vas al primer quiosco que encuentras y te compras un plano de la ciudad, después de unos veinte fracasos logras enrumbar en la dirección correcta, pero ya es la una y no atienden hasta mañana. Con las manos en los bolsillos sales del edificio, te sientas en la plaza de enfrente y miras las calles, revisas el plano y ordenas matemáticamente los nombres de esos seres humanos que ostentan las calles, dejas de lado las comparaciones y preparas tu mente para absorber la nueva realidad, luego te vas a la biblioteca y pides un libro de Pérez Galdós y mientras buscas una mesa te preguntas si alguna vez, una calle llevará tu nombre y lo más importante, ¿me gustará ser nombre de calle una vez haya muerto? ¿Me gustará aparecer en un plano, en una placa colocada en una esquina cualquiera contemplando eternamente como los ojos tímidos de los extranjeros me miran con desesperanza?

Por: Gladys