-          Soñé con un opresor de pechos.

-          ¿Cómo es eso?

-           Si, ¿nunca ha sentido eso?

-          No se trata de mi, sino de usted.

-          Pues el opresor de pechos me ahogaba, me hacía sentir desgraciada, creí que moriría, no, no tenia manos y sin embargo no me soltaba, no tenía cara pero yo casi podía sentir su aliento.

-          Explíquese.

-          Tal vez...

 

La mujer lo miró a los ojos y sin decir nada se levantó del sillón.

Tomó su abrigo, abrió suavemente la puerta del despacho, se aseguró de que la secretaria no estuviera por allí, se acercó al escritorio y robó el libro de citas. Salió tranquilamente a la calle. Caminó hasta la esquina y mientras lo hacía iba arrancando las páginas de la agenda y en cada recipiente de basura tiraba las hojas, una sola en cada contenedor; a medida que rasgaba las hojas la opresión del pecho se iba aliviando, cuando terminó se hallaba muy lejos del consultorio y de su casa, pensó en volver, en tomar un autobús, su esposo ya estaría preocupado, y ese sentimiento le volvió a apretar el pecho, así que decidió quemar el último contenedor de basura, justo donde había depositado las páginas finales y las portadas de la agenda.

Se sentó a contemplar el fuego. Su silueta se impuso en la oscuridad de la noche: una silueta negra, sentada en el bordillo del andén, con las piernas medio recogidas y tacones de aguja. Cuando llegaron los bomberos, ella se levantó, sacudió los hombros indiferente  y se alejó calle abajo. Era un alivio dejar de fingir que el psicoanálisis servía para algo, igual que el matrimonio. - Pensó –

Por: Gladys