Al abuelo le gustaba comprar relojes. No era un afán de coleccionista como pudiera pensarse en primera instancia. Claro eso no lo supe hasta años más tarde porque mi conocimiento de él, por aquellos años en que aún vivía, eran solo los de una autoridad sin materia física, susceptible o vulnerable. A mis seis años el abuelo era una roca que me daba seguridad y en la que me gustaba apoyarme cuando huía de mis padres.

Recuerdo que cuando iba a su casa las horas se nos escurrían entre los dedos mientras él me enseñaba a leer los relojes, me presentó al señor horario, a su hijo el minutero – yo le pregunté cómo un hijo podía ser más grande que su padre – él me dijo que con el paso del tiempo los hijos crecen más que los padres. Yo le creí. Dedicamos unos minutos a la historia del segundero, y me explicó que no era ni padre ni hijo, porque siempre andaba muy de prisa y nunca formó una familia.

Ese verano, cuando se lo conté a mi amigo Carlos, nos dimos cuenta que era una tonta historia. Yo me burlé y nos reímos mucho, pero por dentro la admiración al abuelo no disminuyó ni un segundo.

Mi madre pone una cara de AGGGGHHH cuando limpia mi cuarto, a ella le gustaría que las habitaciones de casa no tuviesen muchas cosas que levantar para limpiar y volver a colocar. Yo a veces le ayudo porque a mi si me gusta tener muchas cosas, pequeñas o grandes para llenar mi habitación y la casa entera si pudiera… en el fondo, aunque no se lo quiera decir a nadie, ni a mi amigo Carlos, es que busco a los abuelos entre los mecanismos de los relojes. ¿Tienen que existir verdad?

Por: Gladys