Mi cielo es el techo pintado de azul, mis nubes, las desconchaduras de la pintura. No dejo de mirarlo desde mi cama, imagino que las nubes se transforman, ya son corderos retozando sobre la inmensidad o rostros amables de personas.

Pronto vendrá la enfermera con las medicinas en un plato que pondrá a mi derecha mientras ahueca las almohadas.

Escucharé su voz dulce, su aliento fresco, su aroma a bosque encantado. Las palabras saldrán de su boca como un ejercito aniquilando mi ansiedad. Sé que pronto saldré de aquí, lo que tengo no es grave y el médico me asegura que pronto podré volver con los mios. Y lo dice con una voz tan agradable que me lo creo, por un segundo pienso que eso que él llama mios, son una familia, unos hijos, unos sobrinos, unas hermanas y hermanos alborotando mientras preparamos los alimentos.

El no sabe que en mi casa sólo me espera el viejo sillón con la tela desgarrada y dos tazas desportilladas de té. Ah, no debo olvidar comprar una bolsa de té de frutos rojos, es el que más me gusta.

Selvática