Sin saber muy bien cuando, se sorprendió pensando en que la separación no resultaba tan monstruosa como hace unos años. Curioso, pero siempre pensaba en eso cuando él dormía a su lado. Aún lo amaba, claro que si, una tibia ternura se deslizaba entre sus piernas cuando miraba su nuca, el cabello bordeando su oreja y el ángulo de la mandíbula, le gustaba, en esos momentos, comérselo a besos.

         Imaginaba que hablaban de su separación sentados en el salón, quizás bebiendo una cerveza y fumando. Él la escucharía con sus ojos atentos, la dejaría hablar y luego le daría la razón. Siempre lo hacía, siempre accedía agregando a su SI, si eso es lo que tú quieres, aunque me duela, aunque yo no esté de acuerdo, aunque… aunque…aunque...

Ese “aunque” le caía como un alud de tierra, le irritaba porque en el fondo no estaba segura de que eso era lo que quería, pero además, sumado a su estado de confusión, estaba aquella gélida conversación tan civilizada. No se rebelaba, no preguntaba por qué. Pero por qué ¿qué? ¿Por qué habían dejado de amarse? No era cierto, él la amaba todavía, de eso estaba segura. Ella en el fondo también lo amaba o ¿no? Claro que si, lo amaba, entonces por qué pensaba en la separación y por qué se molestaba en elaborar tales dramas con tanto detalle.

         Algo debía fallar en ella. ¿Estaría enferma? Se habría convertido, sin darse cuenta, en ese tipo de mujeres que siempre se inventan traiciones, qué huelen a sus hombres cuando estos llegan a casa, que inspeccionan sus camisas y sus bolsillos en busca de pelos, o carmín o perfumes, o entradas a espectáculos… que ruin se sentía en esos momentos.

         Pero en seguida la escena de la repartición de bienes, de la custodia del hijo se le dibujaba sobre los pliegues de la sábana. ¿Su hijo, cómo se tomaría su hijo la separación? Estaría los fines de semana con él y ella podría irse por ahí. ¿Cómo sería volver a sentirse libre después de tantos años? Él se llevaría a su hijo, estaba segura que él no renunciaría, además su hijo también lo adoraba, mucho más que a ella; su hijo estaba más cerca de su padre, era más parecido en el carácter, en la manera de disfrutar la vida, en ese afán de vivir todo en un segundo, en cambio ella era lenta, demasiado pausada para seguir su ritmo. Todo el mundo dice que las diferencias hacen la vida más interesante, ella misma también lo creyó sinceramente, pero ahora se daba cuenta que precisamente esas diferencias eran las que la hacían pensar en la separación. Eran demasiados años viviendo de acuerdo a principios ajenos, que aunque no eran excesivamente castradores, simplemente no era como a ella le hubiera gustado vivir. En cambio su marido y su hijo si que estaban de acuerdo en todo, eso los hacía cómplices, entonces ¿por qué a las parejas no les funcionaba ni la igualdad ni las diferencias?

         Los ojos se le llenaron de lágrimas, un calor intenso la agobió y su corazón parecía querer reventarse, se dio la vuelta en la cama y ahogó su llanto en la almohada. Se sentía tan miserable y mala que tuvo miedo de despertarlo y que se diera cuenta lo mala persona que era.

 

         Dos horas más tarde, cuando él la despertó con el desayuno en la cama, el diario en una esquina y la caricia en el rostro, se olvidó de la conversación civilizada, de la división de bienes y su hijo, aterrizando al lado de ella le hizo sentir que había en el mundo dos personas que la amaban.


             Gladys