Al recoger su equipaje un sentimiento de miedo lo invadió, y si le registraban las maletas, seguro que el quitaban el dinero que había ahorrado y que llevaba camuflado entre las ropas. Un sudor frio empezó a recorrerle la espalda pero su cerebro le ordenaba tranquilizarse, no debía aparentar preocupación porque sino llamaría la atención y lo descubrirían. Lo mejor era hacerse el desentendido, mirar hacía otro lado para no traicionarse y pasar cuanto antes la aduana.


Así lo hizo, empezó a cantar una canción por lo bajo mientras el soldado bachiller contemplaba su maleta ante el scanner. Más miedo. Sin embargo el joven soldado no detuvo la maquina, lo miró y lo dejo pasar dándole la bienvenida al país. Alejandro Respiró aliviado y pletórico tomó su maleta y salió buscando entre la gente los rostros añorados de sus familiares.


Un tirón en la parte posterior del cerebro lo hizo detenerse en seco al descubrir a su madre, una anciana con el cabello totalmente blanco lo miraba con los ojos anegados en lágrimas sin atreverse a abrir la boca para llamarlo o hacerle alguna seña. A su lado había dos jovencitas, sus sobrinas, dos hermosas morenas de rasgos medianamente orientales lo miraban como descubriendo a un familiar que casi no lograban recordar, pues ellas eran muy pequeñas cuando él partió a buscar fortuna en el extranjero, ellas estaban acompañadas de dos chicos vestidos y peinados a la moda macarra con blimbines colgándoles del cuello y excesiva gomina sosteniendo en alto sus cabellos tan negros y lisos como los de sus sobrinas. Aferrado a la abuela había un chiquillo de unos nueve años que lo miraba con admiración y en los brazos de la abuela una niña de unos dos años o tal vez tres, ¿de quién sería hija? Así que alguno de sus sobrinos ya era padre y recordó que en su país los jóvenes… no por favor, se advirtió a sí mismo.


Su hermano, en principio él no lo había visto, fue quien rompió el hielo y se abrió paso entre los familiares de los viajantes abrazándolo y golpeándole la espalda con sus manazas callosas. Con los golpes en la espalda la parálisis de su nuca desapareció y en un segundo se vio rodeado y abrazado por toda la familia que había ido a recibirlo al aeropuerto después de tantos años de ausencia. Sobraron manos para llevar su equipaje, los niños lo miraban en silencio con los ojos desorbitados, las jóvenes examinaban sus ropas y la niña se reía cuando él hablaba con ese acento irreconocible que da la mundanidad.


Una vez repartidos en los carros iniciaron el viaje a casa, a su casa de patio enorme bordeado de plantas, ¿eran geranios u orquídeas? Tenía en su estómago un millar de mariposas revoloteando contra las paredes de sus intestinos y las manos le sudaban, ansiaba tanto volver a ver su casa, sentarse en la cocina mientras la madre preparaba la comida y al tiempo le narraba en qué iba la novela de su bella Margarita Rosa con aroma de café, pero el tiempo se había detenido, un enorme atasco los inmovilizó y los sumió en un pesado silencio que el hermano mayor, siempre él, rompió preguntando detalles de su vida en el extranjero y contándole los últimos goles de su equipo de fútbol favorito salpicándolo de una información totalmente nueva para él, no sabía quienes conformaban los equipos nacionales, quien era el goleador de la temporada, y cada vez las palabras de su hermano se iban distanciando más y más. Un aguacero torrencial cayó sobre ellos nublando la vista a cincuenta centímetros, ahora si que se iba a tardar más, pero su hermano arrancó y se abrió paso entre los demás carros. Un dolor de estómago lo poseyó, cómo era posible conducir con semejante tiempo y sin ver nada, pero al mismo tiempo se reconoció en ese olor a tierra mojada que entraba por su nariz. Y la niña no le quitaba el ojo de su cara. Finalmente llegaron a la casa pero no pudo probar bocado, su estómago estragado por las comidas de avión y la diferencia horaria no era capaz de saborear ese sancocho que las manos de su madre habían dejado listo en el fogón en homenaje a su regreso. Con una disculpa se acostó y en su cama empezó a sentirse enfermo, pero más que el malestar físico, le dolía ver a su madre tan envejecida. Ahora, con el silencio de la noche, pudo recordar con claridad que cuando la vio en el aeropuerto la confundió con la abuela muerta hace tantos años, la misma piel arrugada, la misma mirada amorosa y la misma boca temblando de ansiedad. Durante su ausencia había envejecido, y esa certeza le dolió todavía más. Su familia había vivido sin él y el dolor se hizo más agudo, sus sobrinos habían crecido y se había perdido sus primeros amores, las actividades cómplices de sus primeras borracheras, la primera experiencia amorosa, primeras comuniones, el embarazo de su sobrina, tan joven e inexperta en su papel de madre y esposa, las navidades y los buñuelos, el año nuevo y la quema del muñeco, hechos y retazos de vida que forman nuestra experiencia vital. Empezaba a lamentar su regreso, ¿Qué tenía él para compartir con ellos? Una suma de dinero para montar un negocio. Nada. A medida que la luz fuerte del sol mañanero entraba a  su cuarto desvelándole que él también había cambiado, que era otro y además había envejecido adobado por otras circunstancias entendía que tal vez hubiese sido mejor no volver para que la realidad no modificara sus recuerdos, empezó a sentirse triste, cerró los ojos y trató inútilmente de retroceder en el tiempo hasta el momento antes de comprar el billete de regreso, si en ese instante hubiera sabido… La puerta de su cuarto se abrió muy lentamente, él se quedó rígido intentando no moverse hasta saber quien entraba a su habitación de forma tan sigilosa, al cabo de unos segundos una manita rosada se aferró a la pared y seguidamente el cuerpo de su sobrina nieta en pijama y con los cabellos revueltos se recortó en el marco de la puerta. Él se hizo el dormido y la niña ganó confianza, avanzó hasta su cama, se detuvo un segundo y luego estampó un beso en su mejilla huyendo rápidamente del cuarto.



Todos sus miedos desaparecieron. Ese beso era lo que él necesitaba para no sentirse extranjero en su país.


Gladys