La muerte del tío nos llegó un día cualquiera, se materializó en su cuerpo gélido sin que nosotros hubiésemos tenido al menos una premonición, o una mala premonición, era algo en lo que no pensábamos nunca, fue, ese tipo de sorpresas que nos da la vida y que ocurren cuando tenemos la mente ajena a esa verdad inevitable.

Sucedió un día gris, un tanto frío, Roberto y yo estábamos en la sala como dos siluetas en un cuadro de Velásquez. Él, Roberto sumido en la oscuridad, ocultando su ocio. Yo, vagando entre la luz y la sombra. Como nos había obligado a vivir el tío toda la vida, desde que nos arruinamos.

La puerta se abrió y un recuadro blanco cambió la escenografía Velásquez. La figura negra del tío se recortó temblorosa sobre el marco de la puerta, avanzó unos dos pasos y se detuvo en medio de la sala, quedándose allí como clavado al piso.

Roberto fue hasta él, lo tocó, lo sacudió y con el movimiento involuntario, un vómito blanco salió de su boca como un chorro de crema dispersándose por la barbilla y el pecho.

Los dedos de Roberto palparon la sustancia cremosa, yo sentí su frío en los míos.

Está muerto – dijimos a un tiempo y en una sola voz - las palabras salieron ajenas a nuestro deseo de pronunciarlas, como un par de espadas, cortaron nuestros cerebros simultáneamente.

El cuerpo del tío cayó como un fardo, Roberto y yo volvimos a ser figuras de Velásquez, ahora en segundo plano; el protagonista era la muerte, por algunos instantes.

Luego la orden matriarcal impuso su poder, organizó el mal boceto que representábamos: el cadáver a su urna, la urna al centro de velación, el desfile organizado de hermanos, tíos, primos, sobrinos, niños, suegros, nueras, esposas, maridos... vecinos.

Ese ir y venir era ajeno a nosotros. Las hileras de gente eran una serie de imágenes en una tira de celuloide moviéndose, hablando, abrazándose sin vida, dependiendo del movimiento que una máquina les produjese, por supuesto, la máquina o más bien el  motor era el cadáver del tío.

Sólo por un instante sentí que el cuerpo que yo llevaba era mío y fue cuando una hermana del tío sugirió velar el cadáver en el cuarto de mi hijo – grité, chille... – al fin desistió y lo velaron en otro cuarto de la casa. Yo volví a ser espectadora de la muerte del tío. Sombra rotatoria de las siluetas que representaban la vida y la muerte, el fin y el principio de eso que llamamos existencia y que llenamos de cosas hasta que éstas nos aplastan terminando por destruir el cofre que las contiene.

Una prima me dijo que ella y yo habíamos heredado la casa del tío, pero que, a condición suya, sólo la disfrutaríamos en casos de estrechez económica y alternativamente. Es decir, podríamos disponer y beneficiarnos de la casa, únicamente cuando nos encontráramos en apuros, si las cosas mejoraban para alguna de las dos, tendría que dejar inmediatamente la casa... Desgraciado – pensé yo – ahora estábamos condenados a pasar apuros toda la vida.

Gladys