… A lo largo de la escalera que constituyen los siete pisos que limpia, y por tanto la alimentan desde hace  veinti tantos años.  Tenía veintidos cuando aterrizó en aquellas tierras, la cabeza llena de musarañas, el orgullo rebosante, y las ilusiones sin estrenar. Dos hijos, uno a la derecha y otro a la izquierda aferrados a su mano indefensos por los pasillos de Barajas.

         Peldaño a peldaño, como quien dice día a día, la araña cumple con su labor; obediente limpia escalón tras escalón, habla lo mínimo con su patrona, no porque sea mal educada, es que no tiene tiempo para fabricar palabras, salvo las que mecánicamente brotan por la cortesía. Su cabeza está llena de anotaciones: el préstamo que hay que pagar al banco, la plata para los padres que viven a miles de kilómetros, la hija que desde los quince anda enredada con un taxista maltratador, y el discurso que le tendrá que dar a su hijo cuando se le aparezca este fin de semana con la novia de turno y desde esa mañana, la muerte de su padre. Se le fue sin verlo, sin haberlo conocido más que a través de cartas y llamadas telefónicas.

         ¿En qué momento le cambiaron a sus dos negritos asustados? ¿Cómo es que se le convirtieron en zánganos chupasusangre? No lo entiende y se asusta cuando entre los pensamientos se le asoma la certeza, de que quizás la culpable fue ella por haberlos sacado del calor de la tierra y del cariño de la familia. Ahora la imagen y necesidad el dinero se ha deshecho ante sus ojos. Sólo le queda una casa en su país que debe pagar y que tal vez la vida no le de años para disfrutar. De sus hijos no espera nada y de su padre, a quien soñaba con cuidar, mientras ella misma esperaba la muerte, pero, y ¿ahora qué? No le queda nada.

         En el quinto derecha, una mujer apoyando la espalda contra la madera de la puerta, escucha el suave murmullo de la fregona sobre el mármol. Es miércoles, día de limpieza en el edificio. Y la imagen de la negrita guapa, a pesar de los años y el trabajo, se le dibuja en el cerebro con tierna nitidez. Los ojos oscuros de la limpiadora son los más alegres que ha visto en su vida, con esa alegría de la buena gente, con esa transparencia que no se le borra así esté llorando por alguna pena oculta o por un dolor de tripa.

         La envidia. Esa es la verdad. Envidia su entereza, su fuerza, pero sobretodo su alegría, le gustaría hablar con ella, hablar más allá del hola buenos días. Con qué gusto la invitaría a tomarse un café, aunque quizás a ella no le guste esta mezcla hibrida que venden aquí como si fuera el original, ese que ella mamó hasta que le dio por venir a hacer las Españas. Sí, si pudiera, aunque parezca una bestialidad, le robaría esos ojos… o la alegría que contienen, se corrigió mirándose al espejo los propios ojos apagados, llenos de venitas rojas y muy tristes.

         En ese momento la oye cantar por lo bajo, su voz es preciosa, su voz se desliza por debajo de la puerta y se le adhiere a las entrañas, entonces, se da cuenta de que nunca la oyó cantar, siempre cuando se la encontraba en el pasillo la veía alegre, todos los miércoles desde hace tantos años y jamás la escuchó cantar, algo debía pasarle. La curiosidad la animó a abrir la puerta justo cuando la negrita pasaba la fregona por frente a su rellano.

         -Hola, buenos días, le dijo –

         - Buenas doñita – le contestó la negra, con voz entrecortada –

         Al escucharla se quedó muda, paralizada mientras su mente trataba de calmarse. La negrita estaba llorando, pero su voz, sonaba tan alegre.

 

Gladys