Me alojé por casualidad en una casa enorme, muy iluminada, la habitación que me asignaron era cómoda. Caí rendida en la cama y me sumergí en un gran sopor, pero de repente el golpeteo de un balón de fútbol sobre las tablas me rescató del sueño. Frente a mi, una araña peloteaba, hacía malabares con sus ocho patas, entró luego la dueña de la casa y le tiró un hueso, la araña dejó la pelota y corrió, lo atrapó y se lo entregó en la mano. Otro inquilino asoma la cabeza por la puerta y me dice que ahí, en mi habitación, murió un hombre hace poco. La mujer me ofrece cambiar de cuarto, la araña vuelve al balón. Dudo entre cambiar o no.

Esa araña.

El inquilino da unos pasos y la luz del sol refleja su excitante sombra sobre mi cama, la sombra se agranda y me cubre. Siento una increíble sensación de felicidad. La dueña de la casa se va, el inquilino también. Yo llamo en un susurro a la araña y le digo que me traiga la sombra del hombre.


Selvática