Llego a mi casa después de varios días de ausencia, todo se ve limpio y reluciente, como si una mano misteriosa hubiese limpiado a fondo cada resquicio. Abro la nevera y en una fuente hay un gran trozo de lasagna, se ve tan apetitoso y tengo tanta hambre que parto un gran trozo y la pongo a calentar.

Coloco la mesa, mi mejor mantel de lino, servilleta, cubiertos, un poco de vino que hay en una botella ya abierta, me siento a comer y cuando ya he ingerido la mitad, saboreándola casi sin darme cuenta, pues la vista desde la ventana es más interesante que la comida, un sabor agrio detiene la acción trituradora de mis muelas. Miro el plato y veo que a la lasagna le están creciendo unos hongos negros por todas partes. Las arcadas me obligan a levantarme y cuando vuelvo del baño, los hongos se han convertido en gusanos. Tiro con rabia la comida a la basura, intento beber un poco del vino para quitarme el sabor amargo de la boca y hay millones de gusanos reptando por el cristal.

Lanzo la copa contra la pared, entonces me doy cuenta de que mi casa se ha convertido en un mundo reptante, las plantas son enormes gusanos, los muebles, los cuadros, los cacharros de la cocina… menos mal que nunca compré espejos.


Selvática