Al despedirme de ellos pensé en lo felices que eran. Mientras caminaba hacía mi tristeza, sentía que daba la espalda a los placeres de la vida.

Al entrar en mi casa, reconocí mis miserias cotidianas y un aura reconfortante me envolvió. Eran mis miserias.

En medio de la madrugada sonó el teléfono. En seguida fui a su casa. Me besaron, me abrazaron, me mojaron la cara con sus lágrimas. Había ocurrido una tragedia. Uno de ellos, el más joven había muerto.

Los detalles iban brotando de sus labios y yo iba componiendo la historia.

El más alegre de la familia. Quién más ganas tenía de vivir. Él que más disfrutaba de la vida – esa procesión de frases hechas entraba en mi cerebro mientras mi corazón se encogía. Pensaba en su esposa, en sus hijos. Al mismo tiempo en los padres del asesino. ¿No habían perdido ellos también a su hijo?

Las lágrimas impedían mi visión, cerré los ojos y la cordura me mostró la otra cara de la desgracia, que en el fondo son la misma: victima y victimario. Lo constataron el rostro del médico, de los auxiliares, de los forenses, de los auxiliares que levantaban el cadáver y los policías que esposaban al joven.

Selvática