Wilde:         Hola, perdón por el retraso… ¿Huele a pedo aquí?

Woolf:         Ya sabes que nuestro amigo es... muy suyo.

Wolfgang:     Sí, acabo de soltar tres pedos en do menor y cuatro in crescendo.

              Proust, se llevó las manos a su barbilla enmarcando su rostro y se sonrió mientras levantaba los hombros, como una niña pequeña. Wilde se sentó, miró a sus contertulios, pensó en quedarse sentado pero el olor lo obligó a levantarse y abrir la ventana. Wolfgang aplaudió y se subió a la silla.

Wolfgang:   Vuelen, vuelen lejos y no vuelvan –

              Los demás lo miraron y esperaron a que la euforia se deshiciera. Entró el servicio arrastrando un carrito con calderos humeantes. Solícito, el camarero colocó frente a Proust un plato pequeño con unas madalenas, frente a Wilde unas cáscaras de naranja, frente a Woolf unas piedras…

            Apartó las manos del ordenador, no era buen principio para su novela, a menos que… a menos que… Encendió la cámara, comprobó que estaba en el lugar perfecto y se disparó en la boca.


Gladys