Le gustaba contemplarla dormida y desnuda, cuando el cuerpo agotado y sudoroso se refugiaba en el no ser satisfecho, cuando los ecos de sus gemidos eran un recuerdo en su cerebro, cuando la luz de sus ojos se extinguía en el negro infinito de su habitación, cuando el brazo blanco y delgado se extendía mostrando sus manos abiertas, mientras las líneas de nacimiento, declaraban indecentes el rumbo de su destino; sólo en ese instante la consideraba enteramente suya.

Selvática