Algo debía andar mejor en su vieja maquinaria para creer que podía empezar algo… aunque fuera impuesto por designios ajenos, como un nuevo año. Debían ser las manos de los operarios. Sobre todo, ese nuevo que había venido a reemplazar al viejo encargado. Tenía unos músculos que….

         Es treinta y uno de diciembre, al mirarse por dentro se asombró del suave accionar de sus intestinos, los engranajes equilibraban  las sumas y restas de ese año que moría irremediablemente. Qué afortunado se sentía de estar ahí arriba, sobre el bien y el mal, ajeno a todo comienzo o final. Un giro de más... pero de pronto, algo llamó su atención. Había algo cálido entre el quinto, o  el sexto piñón. ¿Qué podría ser?  La imagen del joven relojero, o más bien el recuerdo de la calidez de su mano al limpiar, se le atragantó justo antes de la doce campanada.        

Ahí estaba, entre sus intervalos de segundo se le enredó la angustia de un chico que lloró al ver la ciudad desde lo alto y que como un loco preguntó a la nada: ¿Cómo saber con certeza que el final ha llegado? ¿Cuánto tiempo tendremos? ¿Alcanzaremos a lavarnos los dientes, a dejar nuestras finanzas ordenadas? ¿O simplemente nos adentraremos en la negrura sin apenas darnos cuenta? Y mañana, cuando llamen los amigos y nuestro teléfono no responda, ¿qué sentirán ellos? ¿Habrá un lugar vacío en la mesa de la cafetería que tantos chismes nos escuchó? ¿La señora del supermercado preguntará por nosotros mientras registra la cerveza que hemos comprado?

 

         Los brazos deberían abrazar, los besos deberían luchar por ganar un espacio en los rostros, las copas se juntarían,  las risas escaparían de los labios, la pólvora, los doce deseos con las uvas, el frio de la madrugada… y él agazapado en lo alto de la cornisa, atascado por ese atisbo de calidez empezó a pensar que ¿por qué no? El también quería empezar este año…


Selvática