Trabajo como un robot. Sé que estoy bien preparada y puedo desempeñar cargos profesionales. Vivo allí, tenemos una gran alcoba para todos los empleados ubicada en la segunda planta. Una escalera nos conduce hasta nuestros escritorios en la parte inferior.

Antes de ir a la cama robé del almacén una barra de chocolate y un pan. No sé por qué lo hice, mi estómago ya se acostumbró a la magra comida, pero no me pude controlar.

Escondí la barra de chocolate debajo de mi almohada pero se lo conté a mi compañera de cama. Ella me miró como a un bicho raro. En ese momento sentí que todos los empleados ya sabían de mi falta. No entendía porque me criticaban, había sido una travesura nada más.  Pensé en devolverlo, sin embargo las horas pasaban y no me atrevía. Amaneció y yo seguía dudando.

Le pedí a mi compañera que la devolviera. Ella la tomó, se marchó y a los pocos segundos la secretaria del  jefe anunció por el megáfono de mi robo.

Avergonzada empecé a preparar mis cosas para marcharme, le dije a mi hijo que teníamos que salir de allí. Su carita me rompió el corazón. Con sus ojitos me dijo que me amaba.

Me entregan la carta de despido. Allí no decían nada del robo, sólo que mi rendimiento era muy bajo. No lo entendí, el trabajo no requería ningún esfuerzo intelectual. Tuve urgencia de ir al baño, estaba evacuando cuando algunos empleados, antiguos compañeros me empezaron a rodear, supe que me entendían pero no podían hacer nada, al fin y al cabo yo era quien tenía el culo al aire.

Selvática