El recuerdo más lejano que aparece en mi memoria es el de un pedazo de galleta que me dio mi madre, en vez de dármela entera. Con los años vino la ropa usada que heredaba de primas y amigos, mientras babeaba por la de las tiendas de moda en los centros comerciales. Los rostros de quienes me daban migajas se fueron desdibujando en mi etapa rebelde para resurgir en cuanto me casé, ya saben el marido y los hijos se lo llevan todo; de los jefes y compañeros de trabajo no les cuento, para qué aburrirlos, de repente todo le mundo se volvió voraz o yo muy lenta, sí, me siento como una mujer con la mano eternamente estirada, pero vacía.

Bastaba que yo empezara a desear algo para que me fuera arrebatado, casi siempre con una sonrisa a modo de disculpa una y otra vez, hasta que empecé a dejar de sentir deseos. Así me mantuve más o menos firme y casi feliz. Era fácil no desear nada, pasar por la vida sin deseos es menos triste de lo que la gente cree, incluso es hasta sano, nunca más tuve desilusiones ni amarguras de esas que a veces...

Una tarde, después de caminar varias horas por la ciudad – no quería llegar a mi casa solitaria – me detuve en una cafetería y me senté a tomarme un café. Estaba tranquila, era una tarde lluviosa y fría, no había mucha gente en el lugar, y ni siquiera presentía que mi vida iba a cambiar radicalmente. Desde mi sitio podía ver como la gente caminaba presurosa por la calle llevando bolsas de regalo en las manos. Aburrida del paisaje paseé mi mirada por la estancia, vi un par de hombres que hablaban en un rincón, una pareja de jóvenes cerca de la barra, una anciana cerca de… y de repente la vi, mis ojos se agrandaron, empecé a salivar. ¡Ahí estaba! en un rincón de la vitrina, sobre una pequeña plataforma giratoria me coqueteaba, con su almíbar chorreante, un trozo de torta de arándanos. Mi preferida y la última. Con esfuerzo logré apartar la mirada de la vitrina, hablé de más con el camarero para tratar de olvidar esa exquisita presencia, cuando la prudencia selló mis labios le pregunté la hora a uno de los hombres de la mesa del fondo, les comenté que el mio – mi reloj - estaba roto y me oí diciendo tantas tonterías que enrojecí de la vergüenza, aquellos hombres con su elegante traje azul debieron pensar que estaba loca, luego saqué todo lo que tenía en el bolso como buscando lo que no se me había perdido, pero la tarta seguía ahí tentándome.

Cuando los cachivaches de mi bolso volvieron a su lugar, el camarero vino, colocó mi café sobre la mesa, de mi boca empezaron a saltar palabras insulsas como si fueran pelotas de ping pong hasta que rodaron por el suelo entre las piernas de los parroquianos.

Unos jóvenes se levantaron de su mesa. Él era muy guapo, llevaba rastas y una pelusilla negra enmarcaba su barbilla viril. Ella de piel muy blanca, mirada profunda tuvo la mala idea de fijarse en mi tarta de arándanos.

No aguante más, grité, al principio fue un leve crujido de mi tráquea que no llamó la atención de nadie, pero instantes después, la rabia de años acumulada estalló como un volcán: nooooo!!!!!

Con qué gustó pagué la multa por escándalo público, después de engullirme mi último trozo de tarta.

Gladys