Fue en un atardecer de agosto que no tenía mucho que hacer. Decidí visitar por sorpresa a mi amigo Carlos, con el gusto anticipado, de finalizar el día saboreando unos buenos vasos de vino acompañados de una charla divertida.

         Emprendí la ruta con emoción, iba pensando en que tenía muchas cosas que contarle, por ejemplo unos chismes de algunos amigos en común; el ultimo libro que empecé a leer y dejé por aburrido, además de que había escuchado una noticia no muy "santa" de un famoso que ambos conocimos antes de su ascenso a la fama. Mi corazón latía con mayor fuerza cuando pensaba en lo que íbamos a disfrutar. Hacía mucho tiempo que no veía a Carlos y me preguntaba por qué permitíamos que las rutinas nos alejaran, cuando ambos disfrutábamos tanto de estar juntos.

         Al llegar a su casa confirmé que no había cambiado nada,  la puerta seguía abierta a los visitantes, la música se escuchaba y el aroma del café daba la bienvenida a los posibles visitantes. Para darle una sorpresa no entré por la puerta principal, di la vuelta a la casa y me asomé a la ventana que daba a su estudio, allí estaban su escritorio, sus libros, su cenicero a rebozar y aquel jarrón azul que compramos juntos en el rastro. Empujé la ventana y entré sin dificultad. Me puse a ojear lo que había sobre el escritorio cuando mi mirada tropezó con una foto que no conocía. La tomé y desde el marco de plata unos rostros me sonreían pero no sabía quienes eran. Empecé a sudar, mis manos temblaron y el mundo se borró de mi memoria.

 

***

         Lo siento Carlos, después del incidente en tu casa tuvimos que internarla. La pobre ya no se acordaba ni de comer y nosotros no podíamos atenderla. Te aconsejo que no la visites, es mejor que tengas en tu memoria la mujer alegre que siempre fue.


Selvática