Me encantan las noches despejadas, el negro profundo claudicando ante la claridad de la luna.

         Estoy sentada en mi coche, en un muelle solitario, ante mi, el mar profundo, la noche, la luna y alguna que otra estrella. Es la inmensidad al alcance de mi mano, es el silencio magnifico.

         Se oye una sirena.

Debe ser en la ciudad, pienso, la policía persiguiendo a alguien.

        La luz azul de la patrulla me baña de repente. Se acerca el policía con su andares a lo Pedro Navajas. – Matón de esquina – resuena en mi mente -.

       -Documentación por favor.

       Le entrego los papeles que guardo en una carterita divina, comprada en los chinos.

        -¿Qué hace aquí?

         Mirando la noche – le digo – ve usted la luna, fíjese en el camino que forma sobre el mar. Uno bien podría ponerse a caminar por ahí a ver hasta donde llega ¿verdad? Aunque en realidad, y para contestarle más claramente, le diré que estaba haciendo una especie de balance, ¿sabe? Porque vea usted, de hace un tiempo para acá no me importa nada, pero no es desidia o inconsciencia, es más bien lejanía, si, eso es, me encuentro lejos de todo y de todo el mundo, en una especie de frio universal. Ya está. Gracias a usted lo he logrado poner en palabras. Siento frío humano, de la gente, de las cosas, de la política, de los ecologistas, de los malos, de los buenos, del amor, de los odios. Y me preguntaba, qué pasaría después, inmediatamente después de que fuera consciente de esa certeza.

        -Si, a veces uno se siente así.

        -¿Un trago? No me diga que está de servicio.

       -Es que si me tomo un trago, me pongo a pensar y a hablar…

       -De eso se trata. De compartir soledades.  

       -Bueno, venga uno de esos, que hace mucho frío y me están entrando ganas de ponerme a caminar sobre el agua. Pero antes de que empecemos tome la nota: Son doscientos euros por aparcar en sitio indebido.


Gladys