Ya se había resignado, sin grandes aspavientos, a su vida normal,  incluso era feliz viendo pasar los días con sus atardeceres y amaneceres más o menos iguales. De vez en cuando rompía la rutina dedicando unas horas a hacer algo diferente. El sólo hecho de pensar en variar el día a día le alisaba las arrugas del alma

            Ese día, era sábado, había amanecido exactamente igual al de la semana pasada, el silencio de la madrugada, la luz apoderándose poco a poco de la ciudad venciendo las tinieblas en esa ancestral guerra silenciosa. Le gustaba  descubrir cada mañana como la luz dibujaba el mundo material que era parte de su vida: la pared desconchada, las cuerdas en el patio con sábanas extendidas,  las plantas, hasta los utensilios de limpieza en un rincón del patio le eran gratos. Preparó café y entre sorbo y sorbo la decoración del mundo terminó de instalarse.

            El día continuo ignorándola, éste hizo lo suyo, ella también.          

            Al despertar de la siesta decidió salir a caminar un poco, fue hasta un centro comercial y de regreso, cuando las sombras vencedoras van tiñéndolo todo, se detuvo en una frutería. Le llamó la atención la cantidad de letreros que anunciaban ofertas, aunque esos cartones no dejaran ver las frutas. Entró, miró, escogió. Llenó un pequeño carro con algunos productos y se dispuso a hacer la fila ante la cajera. Fue colocando sus productos sobre el mostrador al mismo tiempo que veía los del señor que la adelantaba; era un hombre mayor, probablemente ya jubilado. Había comprado una gran cantidad de plátanos medio blandengues ya, que estaban en oferta.

            Lo más normal del mundo. Como la vida misma. Se decía mientras, ya en casa, guardaba sus compras en la nevera. Preparó su café del atardecer, mientras lo saboreaba sonó su móvil. El timbre casi la asustó. Nadie la llamaba en la tarde de un sábado. Pensó en no contestar, seguramente serían los de la telefónica para proponerle ofertas, así que lo dejó hasta que se silenció, pasados unos segundos volvió a sonar. Esta vez si que lo tomó rápidamente.

            Esa voz llegó a su vida a los veinte años y se había mantenido dormida hasta ahora. El HOLA rasgó su memoria, las células dormidas empezaron a agitarse por todo su cuerpo. No podía creerlo, después de tantos años. La revolución se apoderó de ella impidiéndole responder.

            Él la había llamado, él surgía de las ruinas para buscarla. Su puerta se abriría y en el hueco de su cama, ya no estaría solo su cuerpo, habría otro rompiendo sus espacios. Las manos le sudaban, iba de un lado para otro sin  decidirse a limpiar el polvo o mirarse al espejo. Por qué cuando el rostro estaba deshecho y el músculo blando tenía que aparecer en su vida. ¿Y si ya no se gustaban?

            Decidió salir. No podía con la ansiedad. Aún faltaban un par de horas antes del encuentro, así que lo único que podía hacer era caminar, respirar el aire de la noche con la esperanza de aligerar el alma. Llegó a la esquina, dobló por una calle menos concurrida y se acercó al parque de la cincuenta y tres. El parque donde le tocaron por primera vez las tetas, se sentó en el mismo banco de siempre, junto al eucalipto.

            Allí estuvo un rato mirando al vacío hasta que un movimiento entre los árboles llamó su atención. Se quedó rígida, esperó a ver que pasaba y como nada sucedió, decidió ir a inspeccionar. Se acercó sin hacer ruido, tras los arbustos encontró al anciano de la frutería, escondido debajo de los árboles rodeado de cáscaras de plátano.

            Su corazón dio un salto mortal, no sabía si ponerse a reír o llorar ante la imagen del anciano, decidió esconderse, si se delataba el placer del anciano se iría al carajo y ella no era quien para… o si el pobre no tendría más que comer que esos plátanos medio podridos…

            Volvió a su casa. Ya su vida se había roto. la imagen del gesto voraz del anciano tragando los plátanos no la iba a abandonar jamás, así que decidió arreglarse, retomó un maquillaje que estaba ya casi resecó y se arregló hasta quedar más o menos contenta.

             Sonó el timbre de la puerta. Su pasado volvía con la cara del único hombre que amó en su vida.


            Gladys