Ricardo trabaja en una agencia de publicidad. Se siente orgullo de pertenecer a ese tipo de empresas que no solo parecen modernas e innovadoras sino que también lo son.

      La dueña es una mujer joven, dinámica y emprendedora, hija de un prestigioso profesional y muy amiga de él desde la universidad.

      El padre de ella, se presenta un día de improviso en la agencia, viene acompañado de su estirada y elegantísima mujer. Ricardo tropieza con ellos en el hall de la entrada. Los saluda amablemente y cuando va a darle un beso a la dama, ella lo mira con asco, como asombrada de su atrevimiento, luego, levanta la mano como una reina y rechaza su espontáneo saludo.

       Ricardo se siente tan humillado e intenta retirarse a su sitio mientras su mente forja pensamientos vengativos en medio del sofoco, la ira y la vergüenza. Con dificultad domina su rabia, se da la vuelta y la enfrenta cuidándose mucho de no mostrar enfado en la voz. La mira a los ojos y sonriente le dice: Perdón alteza - se arrodilla y alza la cara - ¿mejor así?

       Su marido monta en cólera, lanza gritos destemplados y echa a todo el mundo a la calle.

       Los empleados salen como corderos, se van dispersando poco a poco en medio de murmullos; todos quieren saber qué ha pasado. Algunos se atreven a lanzar conjeturas sosteniendo que el pobre señor está un tanto alterado porque recientemente había ganado un premio importante y ya se sabe la tensión que la fama produce.

       Llega la hija, se sorprende de lo que está pasando. Ricardo ahora se siente peor. La hija es su mejor amiga. La conciencia empieza a hacerse sentir, se arrepiente de haberse burlado de la dama en cuestión, piensa que si no lo hubiera hecho, todo seguiría normal, como siempre, todos habrían conservado su trabajo.

        Cada segundo que pasa se siente peor. Intenta volver a la oficina, le gustaría disculparse, pero también piensa que no. Para colmo se tropieza con un viejo conocido, músico de profesión, que casualmente, ese día,  había empezado a trabajar allí. Su amigo es un hombre muy mayor, con esa edad ya es muy difícil que alguien le dé trabajo… y ahora. Ayyy!

   Esa mañana su amigo había llevado a la oficina su viejo piano, se disculpó diciendo que sólo con él se inspiraba.

   Esos recuerdos lo hicieron sentir náuseas. Su amiga, la dueña de la agencia los reunió a todos de nuevo, se disculpó por su padre y poco a poco las cosas volvieron a retomar su ritmo normal. Todos recuperaron su trabajo.

        Al final de la tarde, su amiga le invitó a tomar café en su oficina y en ese momento llega su padre acompañado de la dama en cuestión. Ricardo empieza a sudar, se disculpa de forma apresurada y se va de la oficina. No puede soportar que lo reconozcan como el que se arrodilló, pero tampoco quiere seguir callando más...


Gladys