En un lugar donde el tiempo no existe, donde el ser humano es el punto central de pasado y presente, me encontré con dos enormes columnas Supongo que el espacio entre los cuerpos, en ese lugar, presenta unas condiciones muy particulares y difíciles de entender bajo la luz de mis escasos conocimientos.

            Las mencionadas columnas, parecían ser de estilo griego, profundos canales las recorrían de arriba abajo. Me consta porque mis dedos recorrieron sus honduras a lo largo de éstas, al llegar a la parte inferior, donde sus cimientos tendrían que enraizar con la tierra encontré diminutos jeroglíficos que entraron en mi cerebro sin que yo sea experto en lenguajes ancestrales y me sonaban en medio de la cabeza como balbuceos infantiles. Al subir las manos sobre los caracteres superiores  dejé de escuchar aquellos sonidos, si bajaba la mano, volvían los balbuceos pero si la subía, el silencio me acometía de nuevo. Allí,  aquellos símbolos no decían nada. Volví a bajar la mano y los balbuceos empezaron a cobrar forma, al principio eran como las primeras palabras de un bebé, luego se fueron haciendo más claros y más ricos en expresiones, empecé a escuchar la historia de la humanidad, los pensamientos de los primeros hombres, su evolución, su paso a través de las etapas de la historia llegó a mi cabeza de la misma manera que conocemos a través de los sentidos.

    También supe de los hombres actuales, por supuesto. Era como si mi mano recorriera la historia del pensamiento humano y se reconociera en mi propio sentir, quiero decir que el dolor y la soledad  que siento hoy, es la misma que hace mil años sintieron mis antepasados, y sin que mi inteligencia tamizara aquella sabiduría supe que en el mundo conviven todos los tiempos, al mismo tiempo.


        Selvática