Para hablar de esto que está sucediendo con algún asomo de coherencia pensé que sería bueno dar un salto en el tiempo. Ya saben, las distancias ayudan a desprendernos de los primeros acaloramientos. Y lo hice. Si señor. Salté pero cuando estaba en lo más alto un pensamiento se apoderó de mi cerebro: ¿Cuál sería la longitud adecuada? ¿Veinte, treinta años? Entonces la primera imagen de esta historia borró los interrogantes temporales.

    Fue una noche de carnaval. Seis mujeres disfrazadas, todas  amigas mías, se hallan sentadas en la terraza de un café. Hace un poquito de frio, lo cual es magnífico, no se les derretirá el maquillaje y podrán lucir con gracia las estolas, los guantes hasta el codo y los elegantes sombreros adquiridos a última hora en un chino.

    Cada una de ellas se había rendido al glamour, escogieron aquella actriz de los maravillosos 50 que más les gustaba y se dedicaron con empeñó a reunir los detalles indispensables para lograr una transformación impecable. Allí, en aquella mesa, al primer vistazo uno creería estar viendo a Katherine Hepburn, Marilyn Monroe, Grace Kelly, Ava Gardner, Rita Hayworth y Audrey Hepburn. Por supuesto quien anulaba a todas las demás era Audrey. Ella había salido del cartel de Desayuno con diamantes y ahora se encontraba de pie, para que sus amigas pudieran verla de abajo hacía arriba. Audrey daba pequeños paseos alrededor de la mesa con el pretexto de retocar su maquillaje en la vitrina del café mientras su traje negro destellaba con la luz de las farolas y sus dedos regordetes jugaban con las perlas de plástico. Su rostro había logrado copiar la candidez de la actriz, sus ojos parecían penetrar en nuestro cerebro cada vez que nos miraba. Por si acaso, yo decidí concentrarme en su cuerpo y en la lucha que deberían estar manteniendo sus michelines para encajarse perfectamente bajo el corsé. Lucha por demás perdida, porque aquí y allá, éstos lograban librarse de sus cadenas.

    Parece ridículo, incluso grotesco, una imagen más bien digna de un cuadro de Hope, y sin embargo yo estaba hechizado, yo había caído en esa especie de "delirius tremen" y no estaba dispuesto a salir de ahí.

    Evoqué mis recuerdos más antiguos de la mujer que se había transformado en Audrey, espié tras sus cortinas, me escondí en sus armarios, me convertí en su sombra, ya sé que no debí hacerlo, pero me atreví a meterme en la intimidad de sus relaciones con su marido, descubrí todo el arsenal que guardaba en un rincón de su alcoba, el ritual que seguía mientras su marido estaba en el baño cometiendo la ordinariez de lavarse los dientes. La baba se me caía al ver lo que sucedía allí, en cuanto él abría la puerta y se encontraba a su mujer con aquel vaporoso mini vestido.

    Ahí estaba mi amiga interpretando el papel de su propia vida. No importaba que esa vida fuese conocida a través de otra persona y en un tiempo apenas si envejecido. Ella no imitaba a Audrey, era la encarnación de todo lo que ésta representó. Con la certeza de estar presenciando algo crucial decidí retirarme a pensar. Necesitaba vaciar mi cerebro de un poco de información para dar lugar a un análisis más concienzudo de todo esto, porque al parecer no sólo mi amiga representaba el glamour de una época; por la calle, a mi lado pasaban los personajes de la fantasía cinematográfica disfrazados de vecinos con la barra de pan bajo el brazo, o señoras con la cesta del súper o jubilados paseando a su perro, incluso mendigos andrajosos y malolientes. ¿Qué estaba pasando? Tenía la sensación de que el mundo se había deshecho, que habíamos cortado con el cordón umbilical que nos mantenía unidos a la tierra.

     Voy a concentrarme en mi salto a ver si cuando vuelva a caer, unos veinte años más adelante... o atrás, Audrey sigue retocándose el maquillaje frente a esa vitrina… ah y yo, ¿quién seré cuando mis pies pisen de nuevo la tierra?

            

       Gladys