Estoy sentada en la mitad del autobús.  No sé ya el tiempo que ha transcurrido desde que subí y el conductor parece haberse esfumado por los pasillos de la estación. Miro el reloj - ¿Cuántas veces lo he hecho en los últimos minutos? ésta manía de contar y contar - no lo aguanto más, empiezo a quejarme, primero en voz baja, luego voy subiendo el tono - quiero llamar la atención de los demás pasajeros, así que decido poner más acento enfadado a mi voz - exijo cumplimiento, esgrimo mis derechos como consumidor - vaya palabreja - los demás no se solidarizan conmigo, una señora me dice: tranquila mujer, aún no es la hora de salida,  tenga paciencia.

      Yo le hago ver que desde la ventana se ven tres relojes y en todos ellos hay una hora distinta, le digo que hacen eso para confundir y engañar a los pasajeros. Ella asiente y el tono de su voz se va tornando más áspero y desagradable, realmente enfadado.

      Su rostro cobra una expresión casi grotesca. Ahora soy yo la que se siente incómoda, sabía que exageraba y que todo esto era ridículo pero ya no podía echarme atrás. ¿Qué habría pasado si yo ahora le decía que no era para tanto?

     Finalmente entró el chófer, emprendimos el viaje, al salir de la estación, éste dio un brusco giro, el coche rueda como de medio lado… imaginé que si volcaba, mi cabeza se separaría del cuerpo por el impacto, rodaría como una pelota de fútbol cayendo, probablemente en los brazos de la señora que se mancharía con mi sangre…

      Volví a sentirme ridícula… otra vez exagerando...


      Selvática