25 de Abril, 2010, 11:24: Selváticaminirelatos


             Ese día amanecimos con ganas de oler la tierra: Juan, Julián, Julio y mi hijo Orlando.

            Juan conducía un 4x4. El terreno agreste. El paisaje más bien monótono y árido, a medida que avanzábamos éste se iba tornando más y más inhóspito.

            Julio le indicó a Juan la marcha que debía poner pues el camino se hacía cada vez más difícil, más pedregoso y angosto hasta el punto de que en algunos tramos yo dudaba si el coche podría pasar por esa especie de garganta abrupta.

            En un momento dado, los dos tuvieron que ayudarse en la conducción pues el coche solo mantenía dos ruedas pegadas a la carretera y las otras dos sobre la pared. Yo tenía miedo y callaba para no ponerlos nerviosos, mientras pensaba en cómo decirles, sin que se molestasen que yo podía conducir mejor que ellos hasta que empecé a sentir náuseas, no sé si por la conducción o por mi propia cobardía.

            Finalmente llegamos a una gran plaza abierta cubierta por un majestuoso manto azul.

            Julio y Julián se fueron a buscar alojamiento en el hotel. Juan, Orlando y yo, en vista de la tardanza de los otros, decidimos descargar las maletas y caminar con ellas hasta el hotel. La cara de Orlando era un poema. Siempre estira los labios y achica los ojos cuando se enfada por eso se le cayeron las maletas, se abrieron y saltaron sus tripas, esparciendo bragas, calzoncillos, calcetines y jerseys por todas partes. Yo, también con mi cara poema - en eso nos parecemos - le ordené recoger todo - Juan me hizo un guiño y yo me sentí apoyada, por primera vez desde que salimos de casa,  respiré tranquila y dejé de fingir que todo iba bien.


Selvática


25 de Abril, 2010, 11:18: SelváticaAlaprima


           Una camiseta a la altura de los ojos bajo la luz de neón, una estación de autobús solitaria en un día lluvioso, un interrogante, ¿debo esperar aquí o cincuenta metros más abajo?

     Eso es lo tangible, pero también existe lo otro, lo que no se ve.

     Hay un recuerdo de un hijo, hay una ciudad amada y añorada, hay voces de amigos que aún susurran en el cerebro, miradas de los que nos admiraban saboreando nuestra piel.

     Hay dos cuerpos que quieren amarse, pero comparten cama con una niña, una anciana, y una mujer de mediana edad.

     Intentan recorrerse, intentan despertarse, intentan amarse debajo de las sábanas pero la niña se mete en medio de ellos.

     La anciana comprende y se va. La mujer mayor se lleva a la niña en brazos cantando una vieja canción de los Beatles. Las caricias se reanudan, los cuerpos esta vez, si van a poder juntarse, lo intentan, se esfuerzan, ensayan, prueban, comprueban pero pierden mucho tiempo en buscar los caminos que antes adivinaban.

     En la cocina el café está listo. La mujer mayor se lleva la taza a los labios y mira por la ventana susurrando la vieja canción.


Selvática


25 de Abril, 2010, 10:48: GladysGeneral


         Mire usted. Yo estoy convencido de que tengo mala suerte. Nací con ese karma en la frente, así como unos nacen pelirrojos o churrusquitos, y como tal, así ha sido año tras año. Sabe tengo tres muertes a mis espaldas, entiende lo que es eso, tres seres queridos que si hubiese sido justo el destino, habrían sido ellos quienes me hubieran enterrado a mi. ¿No le dice eso algo? Aún soy joven y ellos eran más jóvenes que yo.

            Bebe solo la espuma de la cerveza, retardando el placer del líquido por su garganta.

            Ese es el capítulo correspondiente a las muertes. Tengo otro donde registro los abandonos, claro que hace tiempo dejé de contarlos. Empezaron muy temprano, tal vez desde los cuatro o cinco años cuando mi padre, bla, bla, bla.

            Otro trago. Este si un gran buche de cerveza helada que corrió desbocado por su garganta.

            Ahora los amigos. También se han ido. Todos y todas. Una persona normal, a mi edad ya debería tener en su agenda unos cuantos nombres subrayados con el cariño de una amistad abonada con millones de rutinas, incluso algún disgusto, ¿por qué no? por supuesto seguido de una reconciliación. Yo no.

            Enciende un cigarrillo y lo chupa cerrando los ojos y apretando los labios, tanto que el punto luminoso parece querer arder en su boca como el leño en una chimenea.

            Mis tardes de sábado no incluyen sesiones de chismes, ni partidos de fútbol. Ve usted como tengo mala suerte, yo soy un monstruo… bueno, al menos en lo físico todavía no se rebela el adefesio que llevo dentro y que salta a la primera de cambio cuando conozco a alguien. Suele suceder en la sexta o séptima salida. Ahí se acaba la amistad. Luego, las frases de disculpa a mis insistentes llamadas aparecen colgadas junto al teléfono: Ayy lo siento, estoy muy ocupada; ya nos veremos otro día, te quiero mucho y te echo de menos pero…

            Soledad con mayúsculas o con minúsculas. Reconozco al monstruo cuando me miro al espejo, pero no me importa nada.

            Otra cerveza.

            Quizás no sepa amar. Lo leí el otro día en una revista, no me pregunte cual. Creo que por ahí hay algo de verdad. A uno no le enseñan a amar, pero la cosa no resulta tan mal si tienes una familia, más o menos corriente, aprendes cosas, te peleas con los hermanos, usas su ropa, te comes las sobras sin que te vean, incluso algún castigo te llevas pero hay contacto. Yo crecí en medio de pasillos vacíos.

            Esa es la otra joroba de mi monstruo. No hay aspirina para eso.

            Vamos con la tercera. Es bueno esto de irse mareando poco a poco, le entran a uno unas ganas de cerrar los ojos y marcharse…

            Mejor, así no le hablo del trabajo… o el éxito profesional. Todos mis examigos son nos triunfadores mientras yo sigo royendo mis galletas en el rincón.

Qué bien, este cigarro.

            No debí haber nacido. ¿Para qué sirve la vida si no amo ni he amado? Ve usted, ya le saqué otra hilacha podrida de mi vida. Ahí las tiene, esparcidas sobre la mesa, porque no me hace el favor y pasa un pañito…

            Camarero. Camarero: ¿Dónde se ha ido? ¿Y Carlitos? hace un segundo estaba aquí charlando conmigo.

Aquí no trabaja nadie con ese nombre señor.

            Anda hombre, si hace  un momento estaba hablando con él, siempre es lo mismo, todas las tardes a las seis vengo él me escucha, es mi camarero de toda la vida, él me pone las cañas sin que yo tenga que decirle nada, y a veces me trae una tapita de aceitunas o lo que haya por ahí.

            Está equivocado señor. Este bar no es de esos…

            Joder este no es el bar de Paquito.

            No, este es el Manhattan Blues…

            Cago en...


Gladys