Ese día amanecimos con ganas de oler la tierra: Juan, Julián, Julio y mi hijo Orlando.

            Juan conducía un 4x4. El terreno agreste. El paisaje más bien monótono y árido, a medida que avanzábamos éste se iba tornando más y más inhóspito.

            Julio le indicó a Juan la marcha que debía poner pues el camino se hacía cada vez más difícil, más pedregoso y angosto hasta el punto de que en algunos tramos yo dudaba si el coche podría pasar por esa especie de garganta abrupta.

            En un momento dado, los dos tuvieron que ayudarse en la conducción pues el coche solo mantenía dos ruedas pegadas a la carretera y las otras dos sobre la pared. Yo tenía miedo y callaba para no ponerlos nerviosos, mientras pensaba en cómo decirles, sin que se molestasen que yo podía conducir mejor que ellos hasta que empecé a sentir náuseas, no sé si por la conducción o por mi propia cobardía.

            Finalmente llegamos a una gran plaza abierta cubierta por un majestuoso manto azul.

            Julio y Julián se fueron a buscar alojamiento en el hotel. Juan, Orlando y yo, en vista de la tardanza de los otros, decidimos descargar las maletas y caminar con ellas hasta el hotel. La cara de Orlando era un poema. Siempre estira los labios y achica los ojos cuando se enfada por eso se le cayeron las maletas, se abrieron y saltaron sus tripas, esparciendo bragas, calzoncillos, calcetines y jerseys por todas partes. Yo, también con mi cara poema - en eso nos parecemos - le ordené recoger todo - Juan me hizo un guiño y yo me sentí apoyada, por primera vez desde que salimos de casa,  respiré tranquila y dejé de fingir que todo iba bien.


Selvática