Una camiseta a la altura de los ojos bajo la luz de neón, una estación de autobús solitaria en un día lluvioso, un interrogante, ¿debo esperar aquí o cincuenta metros más abajo?

     Eso es lo tangible, pero también existe lo otro, lo que no se ve.

     Hay un recuerdo de un hijo, hay una ciudad amada y añorada, hay voces de amigos que aún susurran en el cerebro, miradas de los que nos admiraban saboreando nuestra piel.

     Hay dos cuerpos que quieren amarse, pero comparten cama con una niña, una anciana, y una mujer de mediana edad.

     Intentan recorrerse, intentan despertarse, intentan amarse debajo de las sábanas pero la niña se mete en medio de ellos.

     La anciana comprende y se va. La mujer mayor se lleva a la niña en brazos cantando una vieja canción de los Beatles. Las caricias se reanudan, los cuerpos esta vez, si van a poder juntarse, lo intentan, se esfuerzan, ensayan, prueban, comprueban pero pierden mucho tiempo en buscar los caminos que antes adivinaban.

     En la cocina el café está listo. La mujer mayor se lleva la taza a los labios y mira por la ventana susurrando la vieja canción.


Selvática