Mire usted. Yo estoy convencido de que tengo mala suerte. Nací con ese karma en la frente, así como unos nacen pelirrojos o churrusquitos, y como tal, así ha sido año tras año. Sabe tengo tres muertes a mis espaldas, entiende lo que es eso, tres seres queridos que si hubiese sido justo el destino, habrían sido ellos quienes me hubieran enterrado a mi. ¿No le dice eso algo? Aún soy joven y ellos eran más jóvenes que yo.

            Bebe solo la espuma de la cerveza, retardando el placer del líquido por su garganta.

            Ese es el capítulo correspondiente a las muertes. Tengo otro donde registro los abandonos, claro que hace tiempo dejé de contarlos. Empezaron muy temprano, tal vez desde los cuatro o cinco años cuando mi padre, bla, bla, bla.

            Otro trago. Este si un gran buche de cerveza helada que corrió desbocado por su garganta.

            Ahora los amigos. También se han ido. Todos y todas. Una persona normal, a mi edad ya debería tener en su agenda unos cuantos nombres subrayados con el cariño de una amistad abonada con millones de rutinas, incluso algún disgusto, ¿por qué no? por supuesto seguido de una reconciliación. Yo no.

            Enciende un cigarrillo y lo chupa cerrando los ojos y apretando los labios, tanto que el punto luminoso parece querer arder en su boca como el leño en una chimenea.

            Mis tardes de sábado no incluyen sesiones de chismes, ni partidos de fútbol. Ve usted como tengo mala suerte, yo soy un monstruo… bueno, al menos en lo físico todavía no se rebela el adefesio que llevo dentro y que salta a la primera de cambio cuando conozco a alguien. Suele suceder en la sexta o séptima salida. Ahí se acaba la amistad. Luego, las frases de disculpa a mis insistentes llamadas aparecen colgadas junto al teléfono: Ayy lo siento, estoy muy ocupada; ya nos veremos otro día, te quiero mucho y te echo de menos pero…

            Soledad con mayúsculas o con minúsculas. Reconozco al monstruo cuando me miro al espejo, pero no me importa nada.

            Otra cerveza.

            Quizás no sepa amar. Lo leí el otro día en una revista, no me pregunte cual. Creo que por ahí hay algo de verdad. A uno no le enseñan a amar, pero la cosa no resulta tan mal si tienes una familia, más o menos corriente, aprendes cosas, te peleas con los hermanos, usas su ropa, te comes las sobras sin que te vean, incluso algún castigo te llevas pero hay contacto. Yo crecí en medio de pasillos vacíos.

            Esa es la otra joroba de mi monstruo. No hay aspirina para eso.

            Vamos con la tercera. Es bueno esto de irse mareando poco a poco, le entran a uno unas ganas de cerrar los ojos y marcharse…

            Mejor, así no le hablo del trabajo… o el éxito profesional. Todos mis examigos son nos triunfadores mientras yo sigo royendo mis galletas en el rincón.

Qué bien, este cigarro.

            No debí haber nacido. ¿Para qué sirve la vida si no amo ni he amado? Ve usted, ya le saqué otra hilacha podrida de mi vida. Ahí las tiene, esparcidas sobre la mesa, porque no me hace el favor y pasa un pañito…

            Camarero. Camarero: ¿Dónde se ha ido? ¿Y Carlitos? hace un segundo estaba aquí charlando conmigo.

Aquí no trabaja nadie con ese nombre señor.

            Anda hombre, si hace  un momento estaba hablando con él, siempre es lo mismo, todas las tardes a las seis vengo él me escucha, es mi camarero de toda la vida, él me pone las cañas sin que yo tenga que decirle nada, y a veces me trae una tapita de aceitunas o lo que haya por ahí.

            Está equivocado señor. Este bar no es de esos…

            Joder este no es el bar de Paquito.

            No, este es el Manhattan Blues…

            Cago en...


Gladys