12 de Julio, 2010, 12:57: SelváticaAlaprima


 

            Mi otro yo, y yo, hemos pintado un cuadro de enormes proporciones con el fin de mandarlo a un concurso; se trata de un gran rectángulo con fondo azul, azul cobalto creo.

     Me limpio las manos. Estoy satisfecho. Le tomo una foto. Es requisito para concursar.

     Acciono la cámara. Hace click y lo que veo en el reproductor de la imagen es el mismo cuadro,  sólo que en color amarillo, casi ocre. No el azul que elegí, dudo si se trata de mi cuadro, pero si lo es. Ahora recuerdo que el color que usé al principio era el amarillo, pero luego me decidí por el azul.

      Apago la cámara, se la entrego a mi otro yo. Éste toma la foto y en el reproductor aparece el cuadro con fondo azul. Estoy feliz.

      Decidimos que esa va a ser la foto que mandaremos al concurso. La imprimimos y en el papel que sale lentamente de la impresora se ve el cuadro azul pero en la parte superior aparece una franja de un metro de ancho en la que hay dibujados un par de tenis, un cenicero, unos pinceles, nuestra cámara… es como si los objetos que nos acompañaban en el momento de la foto también quisieran aparecer. La mandamos de todos modos.

       Al cabo de unos días dan la noticia por la tele. ¡Hemos ganado! pero el cuadro que muestran tiene el fondo amarillo ocre, los mismos objetos en la parte superior, más en la inferior, se ven dos siluetas: dos hombres, uno de ellos enarbola un cuchillo goteando mientras el otro es captado en el momento de caer.

Selvática

12 de Julio, 2010, 12:53: SelváticaAlaprima

 

            Ella se peina los cabellos y se fuma un cigarrillo ante la ventana. Ahora si se siente libre de las obligaciones diurnas. La pequeña brasa va de sus labios hasta el alféizar de la ventana en cortos intervalos. Las volutas de humo ascienden lentamente y su espíritu se va ensanchando, se va regodeando en esa paz  de esas horas robadas a la humanidad. Está sola y le encanta, pero no le gusta estar siempre sola, no,  ella ama  el barullo de su casa, las exigencias de sus hijos y de su marido. Ama su familia, pero huye todas las noches a esa hora. Por un instante se imagina ser la luna,  le gusta sentirse sobre la humanidad,  totalmente aislada de cualquier sentimiento que no sea la universalidad solitaria.

      Una tos en el cuarto resuena al tiempo que una nube se coloca enfrente de la luna. Ella apaga el cigarrillo, una ola de ternura envuelve su corazón.

Selvática

12 de Julio, 2010, 12:44: Selváticaminirelatos


     Sosteniendo el mechero a manera de linterna me adentré en el pasillo, las paredes desconchadas dibujan extraños rostros llorosos sobre su superficie. Con el dedo índice traté de transformar en una sonrisa la mueca angustiada de una anciana que me miraba desde el borde de la columna que dividía el pasillo del salón. Una vez satisfecha de mi acción entré más decidida a lo que debió ser la estancia principal. El armazón de un sofá con las tripas esparcidas, dos sillones de orejas, una mesa inclinada grotescamente a falta de la cuarta pata me esperaban impasibles. En frente a la ventana un aparador con los cristales rotos, en su interior restos de vajilla aún exhibían el tradicional hilo de oro de los bordes. En las paredes solo aparecían las huellas de los cuadros o espejos que años atrás adornaron aquel recinto. Me di la vuelta, de aquel salón no se podría rescatar nada, los intestinos de los muebles estaban muertos sobre el piso y habían desaparecido en un noventa por ciento. Sin embargo, y me acerqué casi que con miedo al ventanal que daba al balcón. Una ligera brisa se colaba por los agujeros de los cristales rotos y una raída y deshilachada cortina aún se agitaba con la misma viveza de sus tiempos mozos.

     Una gota se sangre manchaba el amarillento aspecto de la tela. Seguramente la leve herida de un frágil dedo al recibir el ramo de rosas de su enamorado que… mis pensamientos se interrumpieron bruscamente cuando el viento replegó la cortina descubriendo un viejo transistor.

     La historia de la gota de sangre perdió fuerza para dar paso a toda una familia reunida al calor del hogar mientras escuchaban las noticias o los conciertos musicales por la radio. La casa revivió recordando una voz grave emanando de ese artilugio, esparciendo su efecto hipnótico sobre los habitantes que a la hora del crepúsculo callaban mientras escuchaban la radio temerosos siquiera de respirar para no desatar las iras del padre.

      Ahora al aparato le faltaban dos botones, el de encendido y el de frecuencia para captar las ondas, el urdido frontal se hallaba roído por las alimañas en algunas partes, pero al tomarlo suavemente y darle la vuelta observé que tenía todos los bombillos en perfecto estado. ¿Cómo era posible que hubieran resistido al paso del tiempo?

Selvática

12 de Julio, 2010, 12:36: GladysGeneral

 

                "OBEDECER A CIEGAS DEJA CIEGO

CRECEMOS SOLAMENTE EN LA OSADÍA."

Mario Benedetti.


     Sintió sus pasos en la escalera y respiró hondo. Por fin había llegado. No cambiaría ese instante ni por todo el oro del mundo. Imaginaba su cara de alegría, el abrazo que le daría e incluso, hasta se pondría a bailar, en cuanto ella le dijera: Listo mi amor. Hemos terminado el proyecto.

    Él, luego se acercaría al ordenador, miraría, leería, alzaría su rostro y le diría: Eres la mejor, lo has logrado.

     ¿Qué era lo qué había logrado?

     Marta y Ramón se habían conocido en la universidad, ambos eran ecologistas activos, ambos luchaban por salvar los humedales de la ciudad y se amaban. ¿No era la vida perfecta?

     Por supuesto que no y ellos lo sabían. Habían tenido sus más y sus menos, alguna que otra peleilla pero en lo fundamental eran una pareja extraordinaria. En sus largas charlas antes de la graduación habían concluido que vivían en un país maravilloso, aunque el 90% de la población no lo creyera así… bueno, eso no es del todo cierto, lo creían pero no hacían nada por cuidarlo. Llegar a la conclusión de que ellos podrían contribuir a la conservación de su entorno, no les fui muy difícil. En un país tan grande y tan rico siempre hay que cosas que hacer. Juraron, ante los humedales del occidente, que ellos jamás se iban a quejar de lo que no hacían los demás.  Eso era lo de menos y a ello se dedicaron. Proyectaron estudios, consultaron a especialistas, trazaron planes,  entrevistaron a ciertas personas y no se amilanaron ante más de una dificultad,  ellos continuaron con sus proyectos.

      Eres muy cabezota, le decía su madre con admiración.

      Sigue adelante con tus proyectos, la animaba su padre.

      Y lo mismo podríamos decir de los padres de él. claro, entre todos se unieron para ayudar económicamente, formando una especie de cooperativa vital para que los miembros de la familia se mantuvieran a flote mientras la pareja iba abriéndose un hueco en la vida.

      Ese apoyo era la espina dorsal del trabajo de los jóvenes y a veces se sentían un poco culpables por ser tan felices… resagos de una educación religiosa que nos condena desde antes de nacer, que le vamos a hacer.

      Volviendo al momento culminante. Ramón llegó y todos los gestos, palabras y acciones que realizó se cumplieron tal y como Marta lo había presentido instantes antes.

      La felicidad se desbordaba por debajo de la puerta del quinto A. Brindaron con agua. Marta decidió que se merecían un par de horas para caminar un rato mientras la noche caía sobre la ciudad. Así lo hicieron, felices abrieron la puerta de la calle y el viento helado de la ciudad se ensañó con sus mejillas, sin embargo para ellos era el saludo del universo. Con las bufandas protegiendo sus cuellos avanzaron sin rumbo fijo, sin embargo, poco a poco se iban alejando de las calles bulliciosas y decidieron caminar hasta el parque central, allí, rodeados por los enormes eucaliptos, embriagados de su aroma y cobijados por sus ramas se sentían en su paraíso particular.

      Más tarde, cuando el frio los fue empujando lentamente hasta casa, se tomaron unas cervezas en el bar de la esquina hasta la hora del cierre, entonces, decidieron que era hora de descansar. Subieron al piso. Mientras Marta se desnudaba, Ramón dijo que quería echarle un vistazo final al proyecto. A Marta le pareció bien. - Mira con lupa mi amor - le dijo - y si encuentras alguna debilidad me lo dices. Es preferible aplazar la presentación del proyecto a dejar que esos constructores ganen la partida. Ya sabemos como se las traen y si ven alguna grieta, seguro que se meten por ahí y mañana nos levantaremos delante de un campo de golf o de un edificio de veinte pisos… pero para que te contaré esto, si tu lo sabes mejor que yo.

     No te preocupes. Esto no saldrá de aquí hasta que esté blindado mi amor - le dijo Ramón - menos mal que el lunes se acabará todo -

     Marta se rindió pronto al sueño mientras que Ramón no pegó ojo en toda la noche.

     La mañana transcurrió sin mayores sobresaltos, Marta y Ramón comentaban detalles del proyecto, se interrogaban el uno al otro previendo las posibles fisuras del proyecto y finalmente llegó el tan anhelado fin de semana. Tendrían un descanso en la casa de campo, regalo del padre de Marta - como premio a tanto esfuerzo -

      Ya por la tarde, Marta hizo las maletas. En el fondo del armario encontró unos viejos CDs pertenecientes a sus padres. Era la colección de música de Santana - a sus padres les encantaba y Marta estaba convencida que ella había sido engendrada en una noche loca de sus padres. Se sonrió recordando las mejillas coloradas de su madre cuando escuchaba los acordes de esa guitarra y las miradas que le dirigía a su padre, tan llenas de ternura, amor o mil cosas que a ella le sugerían toda una vida ejemplar, pero aquellos momentos eran raros; hubo muchos en que los problemas parecían desbordarlos, en que las angustias, las dificultades parecían aliarse para avasallar la familia. Con el corazón agitado los tomó y decidió llevarlos a su fin de semana particular. Sabía que Ramón era más de tecno, pero quizás…

      El sábado y el domingo transcurrieron tranquilamente, Marta no había logrado que a Ramón le entusiasmara Santana pero no importaba. Ramón era maravilloso y a veces hay que hacer concesiones, la música era una de las pocas cosas que no compartían. Cuando volvieron a la ciudad les esperaba la presentación del proyecto y la implementación del plan de resistencia. Lo importante era presentar la ponencia. Todo se hizo tal y como había sido previsto, sin embargo, en el momento de entrar Marta empezó a sentir que algo no encajaba, no le gustaba la diligencia con que los funcionarios los habían atendido en cuanto vieron a Ramón y ella se cuidó mucho de que no faltara ningún requisito, ninguna firma, ningún sello. Todo iba bien y sin embargo…

       El lunes siguiente se sabría el veredicto y para no morir de ansiedad decidieron no salir ese fin de semana, se quedaron en casa metidos en la cama casi todo el día, apenas si comieron y olvidaron comprar los periódicos. El lunes, Marta se ocupó de sus trabajos y sólo al medio día, de regreso a casa al pasar por un estanco vio la noticia en un gran titular: CONCEDIDA LA LICENCIA PARA LA CONSTRUCCIÓN EN EL HUMEDAL…

      Marta escuchó dentro de sí su propia voz: TE LO DIJE. Rápidamente se encaminó hasta su casa, tenía que hablar con Ramón, antes de entrar al portal empezó a buscar en el bolso sus llaves, tenía tanta prisa y estaba tan nerviosa que sus manos temblaban, afortunadamente la vecina del cuarto estaba hablando con una amiga, Marta apenas saludó y tomó el ascensor. Abrió la puerta y vio a Ramón hablando por teléfono, no le extrañó que bajara la voz en cuanto la sintió llegar. Marta se paró delante de él. Ramón incómodo se despidió bruscamente y colgó.

 

       ¿Tu lo sabías? le preguntó Marta.

       Ramón la miró, su rostro estaba pálido, apenas asintió con un leve gesto. Tomó una maleta que tenía en el vestíbulo y se marchó.

      A la media hora llegaron sus padres. Estaban tan conmocionados como ella. Marta abrió la puerta sin mirarlos, ante sus ojos solo aparecía una niebla y una especie de valla luminosa gigante que le gritaba con sus enormes letras ¿Por qué has sido tan ciega?


Gladys

1 de Julio, 2010, 16:24: SelváticaAlaprima

 


      Entonces tiene por delante la luz, el calor, las voces, el olor de la comida, su cara en el espejo, el viento despeinándole los cabellos, una mujer barriendo la acera, personas que pasan sin apenas sentir su presencia, u autobús que se escapa por los pelos. ¿Llegará tarde?

      Quizás no importe.

     Las horas le son indiferentes, los rituales se cumplen, durante el trayecto, en vez de mirar por la ventana imagina cambiar el mundo, enseñarle a la gente, a los niños, penetrar en sus mentes recién estrenadas y sembrar amor, bondad. Tiene que anunciar su parada. Seguir con su rutina hasta que amanezca y su mente calenturienta le dicte nuevos imposibles a seguir, mientras el autobús llega a su destino… como todos los días.

 

      Ahora anochece.


Selvática

1 de Julio, 2010, 16:18: SelváticaAlaprima

 


            Conversaciones que van y vienen trayendo retazos de citas incumplidas, de amores que no terminan por decidirse, de exámenes por presentar y cosas que comprar para ponerse en la cena de esta noche.

      Horas que se deslizan a su lado provocándole mareos, anhela el fin, pero teme el vacío de esas tres palabras… enfrente la vida.

Selvática

1 de Julio, 2010, 16:05: Selváticaminirelatos

    


     Al abrir bruscamente la pesada y ruinosa puerta de madera algo sonó como un suspiro contra la pared. Lamenté haber sido tan violenta y sólo deseé que no fuera ningún animal, la víctima de mi imprudencia. Con la mano derecha tiré del picaporte y éste no se quiso soltar de mis dedos, sin embargo la puerta obedeció a mi acción. Me quedé unos instantes debajo del marco de la entrada. Luego, como recordando el sonido seco al abrir, inicialmente, cerré con cuidado y busqué en la semi oscuridad qué podría haber provocado aquel ruido.

     Unos zapatos viejos, arrugados, con las suelas despegadas como lenguas de vaca secadas al sol se hallaban agazapados contra la pared, me agaché, los tomé en mis manos.  Eran unos zapatos de hombre que hacía mucho habían perdido su color; por los agujeros del empeine asomaban los trozos de unos cordones deshilachados, la puntera arrugada y desteñida en su superficie, sin embargo, dejaba ver en algunos puntos el color primigenio. Debían haber sido unos zapatos de color negro, pertenecientes, quizás al dueño de la casa, porque los sirvientes andaban a pie limpio. Sobre la piel del empeine sobresalía una deformidad que debió corresponder al dedo gordo del pie derecho, mientras que en el zapato izquierdo, el cuero se encontraba roído a la altura del dedo meñique.

     Deslicé mi mano por aquel par de zapatos, calculé la talla; debían ser del cuarenta, o cuarenta y dos, en sus primeros tiempos, seguramente fueron el complemento de algún traje chaqueta que se luciría en las grandes ocasiones por algún joven de la familia de cabellos engominados y reloj de cadena en el bolsillo del chaleco. Seguro que una mujer sentada bordando al lado de la ventana, alzaría la vista de su labor cuando los zapatos resonaban sobre las maderas del pasillo a la hora de la visita vespertina. Ella entornaría sus párpados cuando el joven se detuviera un instante en el marco de la puerta susurrándole un educado y tímido saludo, luego se acercaría hasta ella, se inclinaría para besar su mano y una vez era autorizado, se sentaría en la rígida silla al lado de la joven. Ella volvería a su labor mientras de su boca emanaban las palabras corteses de una pareja comprometida y ella, de vez en cuando, al tirar de la lana metida en una cesta sobre el piso, sin querer los habría mirado y apreciado el brillo del cuero y la prestancia de su línea.

     Me acerqué a la ventana y a la luz del crepúsculo los observé con mayor atención. Un cuero excelentemente curado, una línea elegante ahora desdibujada por el paso del tiempo y el barro rojo de la región. Este detalle me trajo a la memoria una última especulación: esos zapatos habían vivido la gran inundación de aquel año fatídico en que la región fue anegada completamente… pero seguro que ese día el joven caballero no los llevaba puestos. Esos condenados zapatos se habían fugado del armario viejo pero jamás se atrevieron a abandonar la casa, una vez que las aguas volvieron a su cauce.

Selvática

1 de Julio, 2010, 15:58: GladysGeneral


         

         Se refugió bajo el alero de un tejado, se subió el cuello de la chaqueta, luego se frotó las manos enrojecidas por el frío y se las metió a los bolsillos del pantalón, la tela estaba fría y pegajosa. Odiaba la lucra, pero era el único pantalón que tenía limpio. La imagen del piso de su alcoba matrimonial cubierto de ropa sucia le produjo un repeluz en la espalda.

    No, no podía mantener las manos tranquilamente embutidas en los bolsillos, decidió fumar, no porque le apeteciera particularmente sino por entretenerse de alguna manera, pero las cosas se empezaron a torcer, el mechero no funcionaba muy bien, el cigarro se prendió por el lado del filtro y se deshizo en dos segundos debido a la lluvia. No, no había resultado como en las películas o en las novelas negras a las que tenía una ciega afición.

     Recordó la última novela, le gustó mucho, sobre todo porque al principio no había ningún indicio de asesinato, ni de crímenes, ni siquiera policías, ladrones o seres marginales. Terminaba cada capitulo con la ilusión de que el autor, en este sí, de repente le describiera un delito, o algún hecho castigado por la ley humana o de la naturaleza, pero avanzaba capítulo tras capítulo y nada. Los protagonistas se deslizaban, de manera tentadora por la trama, pero sin realizar actos peligrosos o punibles.

 

     La lluvia no cesaba.

 

     Probó a sacar otro cigarro, se entretuvo observándolo, ahora si el mechero le funcionó correctamente, encendió su tabaco, lo aspiró y le supo a gloria. Ahora si era el protagonista de una gran novela negra. O a lo mejor no, pero el cigarro sabía mejor que nunca.

    En la esquina se estacionó un coche negro, largo, con cristales tintados, apagó las luces desdibujándose en la penumbra de la calle. Ricardo lo miró con los ojos entrecerrados por el humo del cigarro y pensó que su silueta debería parecerse mucho a la de Humpfry Bogart. Volviendo al auto, vio como se abría la portezuela y emergían cuatro hombretones con gafas oscuras y el oro de sus cadenas relampagueando en la oscuridad. Ricardo sintió pánico, el cerebro se le congeló pero las piernas le funcionaron y empezaron a correr sin darle una oportunidad a su cerebro.

      El aliento le empezó a faltar justo al doblar la esquina siguiente, el corazón le latía desaforadamente pero las piernas iban por libre. No se atrevía a mirar atrás, solo corría, corría, doblaba calles, zigzagueaba de acera en acera para evitar ser un blanco perfecto, se agachaba de repente o rodeaba los postes de la luz para que su silueta no se dibujara en la oscuridad. Cruzó la avenida, se adentró por las callejuelas estrechas del barrio antiguo, desembocó en el puente circunvalar y no se detuvo hasta adentrarse en el parque central. Allí, por fin encontró el valor de detenerse escondido tras un banco del parque y esperar agazapado a sus perseguidores hasta que el tiempo fue cayendo sobre su cabeza logrando tranquilizarlo. Volvió a su casa dando miles de rodeos pero con el corazón más tranquilo.

    Al llegar a su casa encontró a su mujer preparando el desayuno y furiosa ante su ausencia, escuchó impasible sus sermones, sus criticas pensando en que debía protestar aunque fuera sólo un poco, de lo contrario su actitud pasiva provocaría en el carácter irascible de su mujer, más violencia.  Cosa que no logró por supuesto y a la cual puso remedio dando un portazo al abandonar la casa.

    Con la boca amarga y el sueño royéndole las pestañas se encaminó hasta un restaurante, si no desayunaba se moriría. Pidió un generoso desayuno con la conciencia clara de tener la billetera en el bolsillo, se tomó su tiempo sorbiendo el chocolate y paladeando más instantes de los necesarios el sabor a canela de la bebida. Cumplió obediente con todos los rituales que exige el arte de engullir un buen desayuno y al terminar, satisfecho, empezó a observar los detalles del restaurante; no es que le despertaran su curiosidad, era más bien una especie de tregua a su estómago antes de someter sus piernas a la tortura de caminar hasta encontrar lo que buscaba. La vista de esa panorámica no le despertó ninguna sensación, ahí estaban los detalles decorativos, unos cuantos cuadros de gusto popular, algunos adornos de acero cromado. Nada interesante. Al cabo de unos segundos decidió marcharse, sacó la billetera, contó cuidadosamente los billetes y llamó a la camarera, le entregó el dinero, ella le dio el cambio y nuestro amigo se dio la vuelta tropezando con el hombretón del que huyó la noche anterior. Sin darse tiempo a nada lo empujó y salió corriendo sin mirar atrás.

    Igual que la noche anterior, corrió hasta que se sintió desfallecer, eludió los sitios solitarios y únicamente se permitía cierta calma en medio de la multitud. Así pasó todo el día, logrando sosegar tímidamente su espíritu, pero sin conseguir la tranquilidad suficiente para decidirse a volver a su casa. El día transcurrió lento pero sin pausa y con el deslizar de las horas aumentaba su inquietud, acrecentada ahora, al notar que poco a poco el gran centro comercial quedaba vacío. Escondido tras las escaleras esperó a que los concurrentes del cine de la última función salieran, se unió a ellos y se mezcló con la multitud por una calle aledaña, donde algunos se subieron a sus coches y otros se dispersaron en busca del refugio de sus hogares. Él no podía ser como ellos, él jamás regresaría a su casa. Ellos ya sabían donde vivía y seguramente estarían esperándolo.  Buscó una discoteca, allí se refugió hasta el amanecer, esperó sin probar apenas una copa hasta que consecuentemente ésta también se empezó a quedar vacía, para salir luego, camuflado entre los fiesteros de última hora, que al dispersarse en la calle le obligaron a unirse a los empleados de los transportes públicos que empezaban su labor.

     Entre tanto su mujer, cansada de sus ausencias se acercó a la comisaría a denunciar su desaparición, el jefe de policía la escuchó atentamente y prometió hacer todo lo posible por encontrarlo, ella lo miro, le sonrió con cierta coquetería mientras le susurraba: "no hay prisa". ..

 

     Nuestro hombre se  hallaba en esos instantes en una iglesia rodeado de fieles y le preguntaba a Dios porque lo castigaba de esa manera si él no había cometido ninguna falta; con lágrimas en los ojos le suplicaba a la estatua crucificada que tuviera misericordia de su pobre ser…

     Al otro extremo de la ciudad, dos hombretones con cadenas de oro al cuello daban cuenta de un famoso narcotraficante de rasgos muy similares a los de nuestro protagonista.


Gladys