Al abrir bruscamente la pesada y ruinosa puerta de madera algo sonó como un suspiro contra la pared. Lamenté haber sido tan violenta y sólo deseé que no fuera ningún animal, la víctima de mi imprudencia. Con la mano derecha tiré del picaporte y éste no se quiso soltar de mis dedos, sin embargo la puerta obedeció a mi acción. Me quedé unos instantes debajo del marco de la entrada. Luego, como recordando el sonido seco al abrir, inicialmente, cerré con cuidado y busqué en la semi oscuridad qué podría haber provocado aquel ruido.

     Unos zapatos viejos, arrugados, con las suelas despegadas como lenguas de vaca secadas al sol se hallaban agazapados contra la pared, me agaché, los tomé en mis manos.  Eran unos zapatos de hombre que hacía mucho habían perdido su color; por los agujeros del empeine asomaban los trozos de unos cordones deshilachados, la puntera arrugada y desteñida en su superficie, sin embargo, dejaba ver en algunos puntos el color primigenio. Debían haber sido unos zapatos de color negro, pertenecientes, quizás al dueño de la casa, porque los sirvientes andaban a pie limpio. Sobre la piel del empeine sobresalía una deformidad que debió corresponder al dedo gordo del pie derecho, mientras que en el zapato izquierdo, el cuero se encontraba roído a la altura del dedo meñique.

     Deslicé mi mano por aquel par de zapatos, calculé la talla; debían ser del cuarenta, o cuarenta y dos, en sus primeros tiempos, seguramente fueron el complemento de algún traje chaqueta que se luciría en las grandes ocasiones por algún joven de la familia de cabellos engominados y reloj de cadena en el bolsillo del chaleco. Seguro que una mujer sentada bordando al lado de la ventana, alzaría la vista de su labor cuando los zapatos resonaban sobre las maderas del pasillo a la hora de la visita vespertina. Ella entornaría sus párpados cuando el joven se detuviera un instante en el marco de la puerta susurrándole un educado y tímido saludo, luego se acercaría hasta ella, se inclinaría para besar su mano y una vez era autorizado, se sentaría en la rígida silla al lado de la joven. Ella volvería a su labor mientras de su boca emanaban las palabras corteses de una pareja comprometida y ella, de vez en cuando, al tirar de la lana metida en una cesta sobre el piso, sin querer los habría mirado y apreciado el brillo del cuero y la prestancia de su línea.

     Me acerqué a la ventana y a la luz del crepúsculo los observé con mayor atención. Un cuero excelentemente curado, una línea elegante ahora desdibujada por el paso del tiempo y el barro rojo de la región. Este detalle me trajo a la memoria una última especulación: esos zapatos habían vivido la gran inundación de aquel año fatídico en que la región fue anegada completamente… pero seguro que ese día el joven caballero no los llevaba puestos. Esos condenados zapatos se habían fugado del armario viejo pero jamás se atrevieron a abandonar la casa, una vez que las aguas volvieron a su cauce.

Selvática