Se refugió bajo el alero de un tejado, se subió el cuello de la chaqueta, luego se frotó las manos enrojecidas por el frío y se las metió a los bolsillos del pantalón, la tela estaba fría y pegajosa. Odiaba la lucra, pero era el único pantalón que tenía limpio. La imagen del piso de su alcoba matrimonial cubierto de ropa sucia le produjo un repeluz en la espalda.

    No, no podía mantener las manos tranquilamente embutidas en los bolsillos, decidió fumar, no porque le apeteciera particularmente sino por entretenerse de alguna manera, pero las cosas se empezaron a torcer, el mechero no funcionaba muy bien, el cigarro se prendió por el lado del filtro y se deshizo en dos segundos debido a la lluvia. No, no había resultado como en las películas o en las novelas negras a las que tenía una ciega afición.

     Recordó la última novela, le gustó mucho, sobre todo porque al principio no había ningún indicio de asesinato, ni de crímenes, ni siquiera policías, ladrones o seres marginales. Terminaba cada capitulo con la ilusión de que el autor, en este sí, de repente le describiera un delito, o algún hecho castigado por la ley humana o de la naturaleza, pero avanzaba capítulo tras capítulo y nada. Los protagonistas se deslizaban, de manera tentadora por la trama, pero sin realizar actos peligrosos o punibles.

 

     La lluvia no cesaba.

 

     Probó a sacar otro cigarro, se entretuvo observándolo, ahora si el mechero le funcionó correctamente, encendió su tabaco, lo aspiró y le supo a gloria. Ahora si era el protagonista de una gran novela negra. O a lo mejor no, pero el cigarro sabía mejor que nunca.

    En la esquina se estacionó un coche negro, largo, con cristales tintados, apagó las luces desdibujándose en la penumbra de la calle. Ricardo lo miró con los ojos entrecerrados por el humo del cigarro y pensó que su silueta debería parecerse mucho a la de Humpfry Bogart. Volviendo al auto, vio como se abría la portezuela y emergían cuatro hombretones con gafas oscuras y el oro de sus cadenas relampagueando en la oscuridad. Ricardo sintió pánico, el cerebro se le congeló pero las piernas le funcionaron y empezaron a correr sin darle una oportunidad a su cerebro.

      El aliento le empezó a faltar justo al doblar la esquina siguiente, el corazón le latía desaforadamente pero las piernas iban por libre. No se atrevía a mirar atrás, solo corría, corría, doblaba calles, zigzagueaba de acera en acera para evitar ser un blanco perfecto, se agachaba de repente o rodeaba los postes de la luz para que su silueta no se dibujara en la oscuridad. Cruzó la avenida, se adentró por las callejuelas estrechas del barrio antiguo, desembocó en el puente circunvalar y no se detuvo hasta adentrarse en el parque central. Allí, por fin encontró el valor de detenerse escondido tras un banco del parque y esperar agazapado a sus perseguidores hasta que el tiempo fue cayendo sobre su cabeza logrando tranquilizarlo. Volvió a su casa dando miles de rodeos pero con el corazón más tranquilo.

    Al llegar a su casa encontró a su mujer preparando el desayuno y furiosa ante su ausencia, escuchó impasible sus sermones, sus criticas pensando en que debía protestar aunque fuera sólo un poco, de lo contrario su actitud pasiva provocaría en el carácter irascible de su mujer, más violencia.  Cosa que no logró por supuesto y a la cual puso remedio dando un portazo al abandonar la casa.

    Con la boca amarga y el sueño royéndole las pestañas se encaminó hasta un restaurante, si no desayunaba se moriría. Pidió un generoso desayuno con la conciencia clara de tener la billetera en el bolsillo, se tomó su tiempo sorbiendo el chocolate y paladeando más instantes de los necesarios el sabor a canela de la bebida. Cumplió obediente con todos los rituales que exige el arte de engullir un buen desayuno y al terminar, satisfecho, empezó a observar los detalles del restaurante; no es que le despertaran su curiosidad, era más bien una especie de tregua a su estómago antes de someter sus piernas a la tortura de caminar hasta encontrar lo que buscaba. La vista de esa panorámica no le despertó ninguna sensación, ahí estaban los detalles decorativos, unos cuantos cuadros de gusto popular, algunos adornos de acero cromado. Nada interesante. Al cabo de unos segundos decidió marcharse, sacó la billetera, contó cuidadosamente los billetes y llamó a la camarera, le entregó el dinero, ella le dio el cambio y nuestro amigo se dio la vuelta tropezando con el hombretón del que huyó la noche anterior. Sin darse tiempo a nada lo empujó y salió corriendo sin mirar atrás.

    Igual que la noche anterior, corrió hasta que se sintió desfallecer, eludió los sitios solitarios y únicamente se permitía cierta calma en medio de la multitud. Así pasó todo el día, logrando sosegar tímidamente su espíritu, pero sin conseguir la tranquilidad suficiente para decidirse a volver a su casa. El día transcurrió lento pero sin pausa y con el deslizar de las horas aumentaba su inquietud, acrecentada ahora, al notar que poco a poco el gran centro comercial quedaba vacío. Escondido tras las escaleras esperó a que los concurrentes del cine de la última función salieran, se unió a ellos y se mezcló con la multitud por una calle aledaña, donde algunos se subieron a sus coches y otros se dispersaron en busca del refugio de sus hogares. Él no podía ser como ellos, él jamás regresaría a su casa. Ellos ya sabían donde vivía y seguramente estarían esperándolo.  Buscó una discoteca, allí se refugió hasta el amanecer, esperó sin probar apenas una copa hasta que consecuentemente ésta también se empezó a quedar vacía, para salir luego, camuflado entre los fiesteros de última hora, que al dispersarse en la calle le obligaron a unirse a los empleados de los transportes públicos que empezaban su labor.

     Entre tanto su mujer, cansada de sus ausencias se acercó a la comisaría a denunciar su desaparición, el jefe de policía la escuchó atentamente y prometió hacer todo lo posible por encontrarlo, ella lo miro, le sonrió con cierta coquetería mientras le susurraba: "no hay prisa". ..

 

     Nuestro hombre se  hallaba en esos instantes en una iglesia rodeado de fieles y le preguntaba a Dios porque lo castigaba de esa manera si él no había cometido ninguna falta; con lágrimas en los ojos le suplicaba a la estatua crucificada que tuviera misericordia de su pobre ser…

     Al otro extremo de la ciudad, dos hombretones con cadenas de oro al cuello daban cuenta de un famoso narcotraficante de rasgos muy similares a los de nuestro protagonista.


Gladys