Mi otro yo, y yo, hemos pintado un cuadro de enormes proporciones con el fin de mandarlo a un concurso; se trata de un gran rectángulo con fondo azul, azul cobalto creo.

     Me limpio las manos. Estoy satisfecho. Le tomo una foto. Es requisito para concursar.

     Acciono la cámara. Hace click y lo que veo en el reproductor de la imagen es el mismo cuadro,  sólo que en color amarillo, casi ocre. No el azul que elegí, dudo si se trata de mi cuadro, pero si lo es. Ahora recuerdo que el color que usé al principio era el amarillo, pero luego me decidí por el azul.

      Apago la cámara, se la entrego a mi otro yo. Éste toma la foto y en el reproductor aparece el cuadro con fondo azul. Estoy feliz.

      Decidimos que esa va a ser la foto que mandaremos al concurso. La imprimimos y en el papel que sale lentamente de la impresora se ve el cuadro azul pero en la parte superior aparece una franja de un metro de ancho en la que hay dibujados un par de tenis, un cenicero, unos pinceles, nuestra cámara… es como si los objetos que nos acompañaban en el momento de la foto también quisieran aparecer. La mandamos de todos modos.

       Al cabo de unos días dan la noticia por la tele. ¡Hemos ganado! pero el cuadro que muestran tiene el fondo amarillo ocre, los mismos objetos en la parte superior, más en la inferior, se ven dos siluetas: dos hombres, uno de ellos enarbola un cuchillo goteando mientras el otro es captado en el momento de caer.

Selvática