Como un coloso en agonía me recibió el armario en la alcoba principal, le faltaba una pata, las rejillas que adornaban la parte inferior en medio de cada pata estaban rotas y recubiertas de lodo rojo, la puerta abierta, el espejo resquebrajado en el que me quedé mirando unos instantes como grabando en mi memoria en qué ubicación del espejo aparecían mis piernas, mis caderas, mi cara, o mis brazos. La imagen fue más bien horripilante.

   Toqué la puerta y la lámina de madera se vino abajo produciendo un gran ruido y una nube de polvo fue directamente a mi cara nublando la visión. En el armario, una vez despejados los humos del tiempo encontré vestidos de seda y gasa endurecidos por el barro como momias de mujeres en su sarcófago particular.

    Al principio no me atreví a tocarlos. Temía que mis dedos deshicieran sus frágiles cinturas, sus pechos turgentes y sus brazos rectos. Pero los armarios tienen una magia muy difícil de resistir, con cuidado miré los bajos y no vi nada de interés, luego me decidí a palpar la parte alta y en principio solo encontré polvo, pero alzándome sobre la punta de mis pies logré avanzar un poco más y mis dedos alcanzaron a rozar la superficie de una caja revestida de seda. Busqué a mi alrededor y encontré un bloque de bahareque que me podría servir de andamio. Una vez logrado mi propósito descubrí con gran emoción una caja, efectivamente recubierta de seda, que alguna vez fue roja, un pequeño cofre. Lo tomé con cuidado, bajé de mi parapeto y me acerqué a la ventana para aprovechar la luz del atardecer. Lo abrí. Unos pétalos de rosa desteñidos y una argolla de compromiso cobraron vida en la palma de mi mano.


   Selvática