Es el último día de clases. La adrenalina, las hormonas y la ansiedad de las vacaciones tienen alborotados a profesores, alumnos y personal administrativo. ¿Por qué terminar el curso con una fiesta que a nadie le gusta y a todos cansa? No hay respuesta, pero la fiesta transcurre. Los profesores se esfuman con cualquier excusa, los administrativos siempre tienen hijos enfermos o padres hospitalizados que hay que ir a atender y los alumnos amanecen con dolor de muelas, pero algunos tienen la desgracia de tener padres listos que los levantan y los dejan en las puertas del Instituto.

    La fiesta comienza inexorablemente. La música resuena, los alumnos tratan de mezclar los aires autóctonos con la última grabación de su ídolo, otros se reúnen en grupos a hablar y unos cuantos se ponen a patear pelotas hasta la hora de la despedida.

    Sin embargo, siempre hay un grupo que ayuda, que recoge y se pone de parte del único docente que se le midió al asunto y a éste se suman los alumnos colaboradores, los adoradores giran alrededor del docente, le manifiestan su cariño, le hablan de sus cosas y hasta se pelean por ayudarle a recoger el desorden de la fiesta.

     El docente al principio se alegra, le encanta verse rodeado de alumnos pero al cabo de una media hora empieza a sentirse incómodo, las voces y las miradas de los niños le duelen como cuchilladas en la piel, trata de aturdirse ocupándose con cualquier cosa pero los insistentes niños no le dan tregua, ya no le gusta que lo quieran tanto y decide comportarse como los demás docentes, sintiéndose culpable por ello.

    Se encierra en el baño, se lava la cara, se mira al espejo y no se reconoce. Respira hondo y en el espejo ve el rostro de Rafa, un alumno de primer curso, ve la confianza que siempre le han demostrado sus ojos y esa mirada tiene la capacidad de borrar sus temores. Ahora se siente contento de ser maestro… tantos años de estudio y el secreto está en una mirada limpia y sincera.


     Selvática