Llego a mi casa. Hay un hombre acostado en mi cama con dos mujeres a cada lado. En la parte inferior otras dos mujeres más jóvenes dormitan. Las despierto con un gran grito, les arrancó las cobijas y cuando intentan protestar no les hago caso, las despido sin contemplaciones. Sé que no tengo derecho. Ese hombre no tiene nada que ver conmigo, pero es mi cama.

    Me voy a otra habitación, allí si está mi hombre, me abraza, me besa, los cuerpos reviven, la pasión nos desborda, rodamos por la cama, enredamos las sábanas pero no logramos hacer el amor, es como si en determinado momento los cuerpos físicos desaparecieran dejando solo un par de espíritus agonizando de ganas.

    Su cuerpo se desvanece. Yo me quedo vacía.  Decido entonces tirar las cosas innecesarias de mi casa. Busco una caja de cartón grande, voy metiendo chucherías, vuelan por el aire ropas, adornos, porcelanas ridículas y la caja parece no tener fondo. Todo cabe.

    Cuando logro deshacerme de lo inservible, siento que la casa vuelve a ser mía, vuelvo a tener dominio sobre todos los rincones, incluso en mi cama, pero, ¿ahora qué?


   Selvática