Rescatar  Inmediatamente al Putumayo

 

 

    Hay lugares en el mundo que contemplan el paso del tiempo inmunes a las grandes catástrofes. No sé por qué pensé eso cuando el autobús en el que me dirigía al Departamento del Putumayo se detuvo en medio de dos montañas. Al mirar hacía lo alto sólo podía distinguir enormes árboles con los troncos tan pegados unos a otros que uno dudaba, que el cuerpo de un hombre pudiera pasar entre ellos. Justo delante de nosotros la montaña se desgajaba enviándonos piedra, agua y tierra, en señal de agreste bienvenida. Nos detuvimos hasta que llegó la máquina a retirar los escombros, abriéndonos   paso. No alcanzaba yo a reponerme del susto cuando mis ojos se quedaron pegados a la ventana: de aquellas montañas y cada veinte metros se deslizaban numerosas cascadas de agua cristalina en medio del rabioso verde de sus árboles.  Sin duda este territorio es muy parecido a la idea que tengo del Paraíso. Tuve que controlarme para no bajarme del autobús y bañarme con aquellas aguas y ser el primer  ser humano que bebiera de aquellas fuentes provenientes de las alturas insondables.

 

     El autobús avanzaba y al fijarme en la carretera, en una curva divisé un río, mis ojos abandonaron las cascadas para fijarme en la sinuosidad del río que lentamente se iba desmembrando dando origen a otro riachuelo y éste a otro y a otro formando un delta inmenso que abrazaba la tierra roja.

 

     Había recorrido nueve horas por territorio colombiano desde la capital y mis sentidos se hallaban hipersensibles; Bogotá no tiene olor humano, más bien se confunde con una serie de olores agradables y desagradables que anulan cualquier intento de identidad, luego al llegar al departamento del Tolima el olor empieza a tomar forma conocida en mi cerebro, huele a comida, a sustento sin llegar a ser molesto; al llegar al Huila el olor se impregna de fantasía, huele a maderas húmedas y almizcleras, mientras que el Departamento del Putumayo huele a árbol, sin definición, a resina vegetal expandida por el aire con el leve movimiento de las hojas de los árboles y la lluvia que parece haberse instalado definitivamente sobre nuestras cabezas. Este olor nos acompañaría durante los kilómetros restantes hasta la ciudad de Mocoa, capital del Departamento.

 

     Departamento del Putumayo, con una extensión de 24.885 kms. 2 y una población de 310.132 habitantes. Mocoa, una ciudad mediana, una pequeña Babel en donde se escuchan todos los acentos del país provenientes de colombianos que comercian, que trabajan, estudian o viven su aventura selvática por allí. Una ciudad donde topé de frente con un par de ojos sinceros, transparentes y confiados que miraban directamente los mios. Una experiencia que había creído desaparecida gracias a mis largas estancias citadinas.

 

     ¿Qué pasaba en esta ciudad construída en medio de la selva para que de repente hubiera acaparado la atención de la prensa internacional? Por qué de buenas a primeras todos los periódicos, en todos los idiomas,  registran en sus primeras páginas que existe un pequeño territorio, encerrado como en una caja de Pándora; habitado por unos seres humanos que con su actitud y su voto han dado ejemplo a un enorme país de más de cuarenta millones de habitantes haciendo escuchar su voz para que de una vez por todas se detenga la aplanadora mal llamada política democrática del actual presidente y su títere Juan Manuel Santos.

 

     El día elegido fue el 31 de mayo; los putumayenses hablaron con voz pausada y suave dejando bien claro, que si el hombre se lo propone puede lograr lo imposible. Claro, eso lo dice todo el mundo, eso no es nada nuevo, cualquiera lo sabe e incluso uno está cansado de escucharlo. ¿Qué tiene de particular? Pues que esa voz brotó de unas bocas antes mudas, las palabras  resonaron donde antes había silencio y sumisión. Ellos decidieron creer en lo imposible, fueron los únicos que mostraron sensatez en un mundo enloquecido y aturdido por el ruido de unas voces que se alían para lograr sus avaras metas, que no dudan en asesinar,  en aniquilar a quien piensa diferente.

 

     Un territorio apenas habitado por un puñado de hombres y mujeres, unos seres que cumplen con sus tareas vitales sin llamar la atención, de repente se convirtieron en el ejemplo a seguir por millones de personas idiotizadas en el cómodo bienestar de sus mediocridad.

 

     Esa mirada franca y silenciosa de sus habitantes me llevó a preguntarme qué taladro mágico utilizó el candidato Mockus para perforar años de abandono y silencio logrando que aflorara un concepto coherente en aquellos cerebros. ¿Cómo era posible que ellos solos hubiesen apabullado a los habitantes de la capital, tan embriagados en su cosmopolitismo,  tan orgullosos de su cultura, su educación y sus medios de comunicación? Al parecer tan razonables y listos.

 

     La respuesta está en bocas de sus gentes: "Por fin vino alguien aquí y nos trató como personas" - dice la recepcionista del hotel donde me hospedo.

 

     "Él llegó, nos habló de forma clara, llamó al pan, pan y al vino vino; dijo que si no trabajamos no lograremos nada" - me dijo la señora que atiende un pequeño local de arepas con queso.

 

      Un joven que conduce un pequeño camión y que se gana la vida recorriendo las carreteras de su departamento para traer verduras y frutas a una región en la que no crece nada más que árboles y la coca maldita me dice: "Nosotros le agradecemos al Señor Uribe que ahora podamos recorrer nuestro departamento sin miedo, pero no estamos de acuerdo con el precio que tenemos que pagar por eso. No queremos más glifosato porque si sigue rociándonos veneno,  esto se convertirá en un desierto muy pronto".

 

     "Ellos no se dan cuenta que el problema de la droga no es nuestro. No quiero ni pensar en lo que va a ser de nuestra tierra si gana ese señor, " se refiere al candidato orquestado por Alvaro Uribe, me dice una señora mientras acomoda dulces y periódicos en su diminuto cubículo de venta. Hoy, cuando se ha confirmado su terrible temor, la recuerdo con tristeza.

 

     Esa es la respuesta. El glifosato ha exterminado los peces en muchos de los ríos que corren por el Putumayo - la imagen de ese maravilloso delta abrasando la tierra vino a mi memoria ahora revestida de negro y guadaña en mano. Pero no es sólo la naturaleza, los habitantes de la región se enferman y se prevé que muchos de los niños que nazcan en los próximos años tendrán graves malformaciones.

 

     Ese es el negocio de la droga. Una fuente de riqueza para unos cuantos  mientras que mujeres, hombres y niños caen como moscas en ese holocausto orquestado por la democracia elegida por más de siete millones de votos.

 

     Los rostros cetrinos, las voces suaves, los cabellos negros  y la mirada franca de los putumayences quiere creer en que su candidato gane las elecciones, no esperan nada porque nada les ofreció diferente a la certeza de que  todos y cada uno de sus habitantes debe trabajar por su país si de verdad lo quieren cambiar.  Sin embargo, la tristeza se siente en el aire a una semana de la segunda vuelta porque todos, en el fondo saben que tampoco esta vez tendrán voz… y quizás, tampoco vida. Lo confirma el tiempo inexorable. El candidato temido es ahora presidente electo.

 

     Mientras caminábamos por un sendero de la selva en busca de una cascada escuchamos el sonido de unos helicópteros, los nativos nos obligaron a correr hasta unos kioscos improvisados para resguarecerse de las fumigaciones,  esperamos un tiempo y al salir, el veneno entró por nuestras narices, tuvimos  vómitos, dolor de cabeza…

   Gladys